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QNS SMS Los trópicos son dos: cine & literatura. No son líneas imaginarias. Tampoco abstracciones de la geografía. Cuando el huracán se aproxima, obliga a la población a encerrarse, encerrarse a ver películas y leer libros de ficción. Hasta que la tormenta pasa. Hasta que el tifón amaina y se puede retornar a la arena. Y entonces se puede entrar al cine o bajar a la playa para seguir viendo películas por tablets/teléfonos/laptops, o echarse y continuar leyendo libros de ficción. Literatura & cine es lo único que importa en la galaxia; literatura & cine definen el único clima que el mundo merece pues los demás han probado ser demasiado hostiles. Los trópicos dan la vuelta entera: por demasiado felices, por amantes de la humedad sofocante, del vaivén de abanicos y palmeras. Los trópicos son, por supuesto, tópicos de la cultura y la imaginación, esos que ahora se ven adictamente por streaming o se almacenan como torrents descargados y copiados en hard-disks; que se leen por e-readers, gigabytes repartidos en e-pubs/pdfs/kindles. Es la vegetación profusa de una situación climática desasosegada: desde las vistas del amanecer de Cabrera Infante hasta la cinesífilis de Andrés Caicedo, desde los proyectos de revolución de Robbe-Grillet hasta las casonas tórridas de Marguerite Duras. Pero estamos en Latinoamérica. ¿Estamos en Latinoamérica? Esto sucedió una vez. Alguien realiza una breve encuesta: ¿cuál es la mejor película latinoamericana? R: La que hizo ese hongkonés sobre dos chicos de paso por Buenos Aires y cuyo affaire no funciona; esa donde jamás se vieron más sublimes las cataratas de Iguazú. Acuerdos/desacuerdos. Discusión. Una encuesta sigue a otra: ¿la mejor novela latinoamericana? R1: la que todavía no se ha escrito. Silencio. Sobrevuela un cóndor. Alguien aprovecha de regar las añañucas, oler la flor del Inca. R2: esa que los hijos de los haitianos que viven en Santiago de Chile van a escribir en creole para consumar de una buena vez la revuelta que alguna vez comenzaron. Acuerdos/desacuerdos. Gran discusión. ¿Dónde estamos? Donde el virus del cine infecta a la literatura y donde la literatura a su vez vulnera las defensas del ubicuo ventanal audiovisual. Es Beatriz Guido codo a codo con Leopoldo Torre Nilsson, es el sureño Faulkner guionizando las novelas negras de Raymond Chandler, es el mal genio de John Huston tracionando fielmente a B. Traven, Joyce, Lowry o Tennessee Williams (¿y qué habría pasado si hubiera hecho lo propio con María Luisa Bombal?). Es la oreja que pone Lucrecia Martel a Silvina Ocampo, Horacio Quiroga, Di Benedetto; Ripstein domando a José Donoso, Néstor Almendros y Rohmer infundiéndole vida a Henrich von Kleist. Salvador Reyes escribiendo para Ecran, Fuguet felizmente escindido entre pantalla y letra, Marchant Lazcano tomando apuntes de Mankiewicz, George Stevens, Wyler. Raúl/Raoul Ruiz haciendo un cover de Kafka o de Federico Gana. Puig procesando a Lubitsch, Ophuls, Jacques Tourneur. Chabrol, Ozon o Almodóvar puliendo los best-sellers de Mrs. Ruth Rendell. O Fassbinder sacándole rendimiento a Alfred Döblin, la ciudad Alfa de Godard traduciendo a Borges, o Borges, alguna vez, dejándose llevar por Joseph Von Sternberg…