ARLT CONTEMPORÁNEO. 7 NOTAS SOBRE UNA ADAPTACIÓN DE LOS SIETE LOCOS / Javier Zoro

1

Hace meses que estoy mirando y pensando mucho en plantas: su fragilidad, su resistencia, sus mutaciones, sus maneras de perseverar en la existencia. Me fasciné leyendo La inteligencia de las flores de Maurice Maeterlinck. Gracias a este libro entendí un montón de cosas de la filosofía de Baruj Spinoza, para quien el atributo de ser seres pensantes no es en absoluto algo propio de lo humano, sino algo que también se da necesariamente en un pasto de alfalfa, una orquídea, una hormiga, un buey o un caballo. Todo piensa.

Tanto Maeterlinck como Spinoza parecen preguntarse radicalmente por la capacidad (o la potencia) de los individuos para conquistar espacios de mayor vitalidad. Ciertamente los humanos se equivocan, nos equivocamos, erramos el camino y en esto, dice Maeterlinck, no somos distintos a la naturaleza misma. El escritor belga cuenta el caso de la alfalfa, que se esforzó quién sabe cuántos siglos evolutivos en diseñar un mecanismo interno de transmisión del agua que finalmente no le sirvió para nada: “tenemos aquí un curioso ejemplo de los errores, de los tanteos, de las experiencias y los pequeños desengaños, bastante frecuentes, de la naturaleza: porque es preciso no haberla estudiado mucho para afirmar que la naturaleza no se equivoca”.

2

Los trópicos me pidió que escribiera sobre la serie Los siete locos y Los lanzallamas, adaptación de las dos novelas de Roberto Arlt, dirigida por Fernando Spiner e ideada por Ricardo Piglia, este último inspirado a su vez, dicen, por la mismísima Berlin Alexanderplatz de R. W. Fassbinder. En el año de su estreno, que yo seguí desde Chile vía señal online de la Televisión Pública argentina, mi entusiasmo por la conjunción de elementos queridos (Arlt-Piglia-Fassbinder) fue muy alto, pero se fue desvaneciendo a medida que avanzaban los capítulos y, confieso, no pasé, no pude pasar del 16 o 17. Sumando y restando, vi alrededor de respetables 7 horas. Recuerdo que llegó un punto en que no pude más, un capítulo que no logré superar pese a 3 o 4 intentos. Como nadie de mi círculo la veía, abandoné en silencio, dejé que mis pensamientos se apagaran en la soledad. Me entusiasmé y desilusioné solo.

3

Las películas y las series plantean, de algún modo, un problema metabólico. Lo más nutritivo no siempre es lo más rico. ¿Qué niño prefiere comerse una manzana antes que un chocolate? ¿Están mal los chocolates? ¿Se puede prescribir una dieta audiovisual? Todo esto lo pienso a propósito de una palabra que se usa en inglés para referir el modo que tienen las series de ser vistas/consumidas: binge-watch. Binge significa darse una panzada, un atracón, una comilona. Es cierto que también existe marathon-viewing, que vendría a ser como el opuesto. Un modo mórbido y un modo atlético para decir lo mismo.

4

No se puede pasar por alto la gran campaña anti-series de la directora argentina Lucrecia Martel, quien las acusa de ser un retroceso, un retorno a la novela decimonónica y, en su límite, una forma de salvar la noche del aburrimiento profundo de la institución matrimonial. Yo confieso que una de las cosas que me entusiasmó con la adaptación de Los siete locos, fue la idea de la masificación de una obra que es como un paquete explosivo, la captura del núcleo paranoico de la sociedad argentina capitalista de los años 30. Un estilo impuro, híbrido, mezcla de materiales de diversa nobleza, sin la corrección burguesa o buen gusto, pero capaz de expresar vitalmente las fuerzas en disputa de la sociedad a través de personajes que en sus raíces, tallos y hojas absorben delirantemente los influjos y sometimientos de su presente. ¿Cuánto ha cambiado ese paisaje? ¿Es la serie capaz de trasplantar este material explosivo-intensivo al formato serializado?

5

Aprendí del propio Piglia la idea de que Arlt era un escritor de las masas y no de la academia. Aunque tal vez esto lo expresa más gráficamente algo que cuenta Fabián Casas en un prólogo a Los siete locos. Cuenta que una vez en su juventud tuvo un sueño en que escuchaba un cassette que en el lado A contenía Los siete locos y en el B Los lanzallamas. ¿Cuán presente sigue estando el soundtrack arltiano en la ciudad de Buenos Aires? El sueño de Casas me hace recordar esa idea deleuzeana de que a los libros hay que leerlos en cualquier orden, rizomáticamente, como si fueran discos, dejando que resuenen las partes que se conectan con uno o, dicho de otro modo, que de repente nos revelan nuevas zonas de la experiencia.

Me pregunto cómo sonaría este disco. Tal vez esté muy equivocado, pero me imagino en Arlt a un vocalista que canta en un argentino extrañado, apretado, consonántico -como su mismo apellido-, balbuceante, irreverente, vital. “Un español incierto, que -como dice Piglia- a la larga va a terminar empujando al castellano a hablar de otra manera”. Una especie de Luca Prodan, pero más alineado con algo entre germánico y ruso. Pienso también en Einstürzende Neubauten, un grupo post-rock alemán, con mucho de noise. Y algo de la balada pop de esos cantantes extranjeros como Salvatore Adamo o Roberto Carlos, que arrastraban el español con un acento extranjero.

6

“Parece alimentarse del presente”, dice Piglia de Arlt. Lo mezclaba todo en su gran juguera: los discursos políticos de la época, los relatos hollywoodenses, manuales de sexología, el habla de la calle, malas traducciones de bolsillo de autores rusos, etc. Así, gracias a una particular manera de abrirse a su entorno, Arlt dejaba entrar a su obra el aire del presente.

El cine, “el arte del presente” como le llamaba Serge Daney, tiene la obligación, si quiere ser algo más que entretención y negocio, de reflejar la actualidad en su radical singularidad. Cuando se adapta o se transplanta una obra como la de Arlt al formato audiovisual (televisivo en este caso), la pregunta es si la operación va a hacerse cargo del presente o va a tratar con guantes de restaurador de museo a la novela original. No digo que tenga que transponer los personajes al presente, hacer que Erdosain tenga whatsapp y un perfil en Linkedin, sino que ponga en juego el espíritu arltiano y encuentre una forma nueva, arriesgada, que le sea fiel a ese gran sintetizador de su época que fue Arlt.

7

Piglia, además de un notable escritor, era sin duda un gran académico, pero es precisamente esto último lo que a mi juicio lo traiciona. No cabe duda de que tiene una lectura de Arlt como contemporáneo, pero en el momento de transmitirlo al medio cinematográfico choca con problemas de puesta en escena. Por cierto, el problema es que Piglia no es director de cine, sino escritor.

Una buena arquitectura de guión y excelentes actores de teatro. Sin embargo, la puesta en escena cinematográfica no deja entrar la frescura y potencia de la obra. ¿Falta de recursos económicos? ¿Un esquema de producción demasiado rígido? ¿Necesidad de filmar con muchos técnicos en un tiempo demasiado limitado? Cuando las series son buenas, como Twin Peaks de Lynch, como la hilarante e inquietante Petit Q’quin de Bruno Dumont o Berlin Alexanderplatz, es porque hay un director que pudo ajustar las condiciones de producción para poder tener alguna intervención sobre la puesta en escena y así no verse constreñido por la tiranía de un guión que se ha de filmar sin interpretación alguna, sin aire, sin reflexión.

El director Fernando Spiner, cuya obra cinematográfica desconozco, logra hacer en base a sus decisiones de puesta en escena, que una obra potencialmente tan cercana, tan contemporánea, parezca como una maqueta teatral y se vea como un artificio sin vida. Pienso en la corrección estilística, el convencionalismo sin imaginación, que implica que en cada capítulo Erdosain camine por la calle con un fondo recortado (croma) del Buenos Aires antiguo en imágenes de archivo. ¿Por qué hacer trabajar demás a los técnicos de la post-producción para que construyan ese “look de pasado”?

El problema es uno que Daney alguna vez denominó con el título de “academicismo” y que consiste en la renuncia a la exploración de nuevas formas en virtud de un respeto reverencial del contenido. “La estética del nihilismo” también le llamó. Fiel a la letra mas no al espíritu.

¿Podría Lucrecia Martel hacer una miniserie de Los siete locos? ¿Llegará algún día en que un cineasta pueda hacer crecer esa obra en el medio audiovisual? ¿Podrá algún día eso llegar al gran público? Próximo capítulo: en el último mes vi dos veces Palomita Blanca de Raúl Ruiz. Me parece que ahí se encuentra una clave para pensar cómo adaptar una obra como Los siete locos.

ARLT CONTEMPORÁNEO. 7 NOTAS SOBRE UNA ADAPTACIÓN DE LOS SIETE LOCOS.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s