DEMOLER UN CINE / Gonzalo Abrigo

Marcelo Cohen acaba de publicar su última colección de ficciones, La calle de los cines. Al ver la portada en vitrina de inmediato recordé otro texto suyo, uno de sus primeros cuentos publicados, y en el que dos funcionarios municipales llegan a un cine de barrio para notificar a sus dueños que la propiedad debe ser forzosamente comprada para su demolición. El cine Toronto se interpone en el plan de una futura autopista ya aprobada por las autoridades, de modo que el siguiente paso es legalizar el proceso e informar de la compensación. Cohen, que antes de dedicarse de lleno a un relato mucho más inmerso en las arenas movedizas de ese género que demasiado cortos de vista aún seguimos llamando ciencia ficción, publicó esta historia a principios de los años ochenta en una colección que editó Montesinos, El instrumento más caro de la Tierra (1982), y es la única de ese conjunto que consiguió filtrarse a los Relatos reunidos del traductor y narrador argentino publicados hace menos de un lustro atrás.

Salinas y Abeledo, los funcionarios, son una especie de gordo y el flaco dispuestos a imponer la ley aunque sea a tropezones. Salinas, el inspector-tasador, no esconde su aversión por esta clase de cines “con sus películas de color lavado y tipos con ropa pasada de moda”, mientras que el notario Abeledo, premunido de un maletín con los documentos legales, se tienta con las referencias cinéfilas de una astuta dueña del edificio que barre la entrada poco antes que comience la función. La dueña, que hasta ese momento para los funcionarios es solo una auxiliar de aseo, empieza a transmitir como un personaje de Manuel Puig, llenándose de placer la lengua con los nombres de Sarita Montiel o Lauren Bacall, y confundiendo el reparto de una película que tendría que ser The Big Sleep, donde ciertamente trabaja Bogart -a quien la dueña cómicamente no traga por amargado-, pero donde la hermana de la Bacall en aquella película no es ciertamente, como señala ella, interpretada por Vivien Leigh. Lo que le fascina del cine a esta mujer tiene que ver con el paso del tiempo, “que si uno no quiere ver envejecer a una persona le basta con no verla en las películas nuevas”. Y la Bacall es para ella el ejemplo perfecto de esa posibilidad de eterna juventud.

El rostro de Burt Lancaster anuncia que una de las exhibidas por esos días es Veracruz, y otro afiche señala que la película que van a dar en un rato es El corazón es un cazador solitario, versión de la novela de la escritora Carson McCullers. Desentenderse es el arte de la dueña del cine. Ella ignora los planes urbanísticos municipales pues “cuando una tiene pasión por el cine, no puede andar leyendo el diario”. Y así les estira el chicle a los funcionarios lo más que puede hasta que llega la hora de abrir la taquilla para vender los boletos y hacer pasar a los espectadores. Entretanto, la mujer se ha rehusado a firmar los documentos del notario, y en vez ha aprovechado de presentar a los miembros de su familia que, como un grupo de okupas, duerme y cocina a diario justo detrás del telón. La hija de la dueña, Elina, bella adolescente de cabellos rubios, prologa la descripción de su hogar de manera dramática: “para nosotros el cine es casi una cuestión de vida o muerte”. El inspector Salinas, por su parte, desestimando exageraciones, ejerce presión para que la dueña firme, pues “vivimos en estado de sitio. La topadora no necesita pedir permiso”.

Los bandos, a estas alturas de esta narración titulada “Séptimo arte”, están más que definidos, pero además Cohen ha inyectado el detalle decidor de un contexto político excepcional. La compra de la propiedad para su demolición por parte de las autoridades debe atravesar el curso regular de la burocracia, deben existir las correspondientes firmas, solo que la desesperación del funcionario ante la capacidad de escabullimiento de la dueña –y ante el asco que le genera durante todo el relato el cine mismo, desde su estética hasta los olores que emanan desde la sala y las cacerolas de esa familia que hace su vida detrás del telón-, lo hacen soltar esa frase amenazante que sin embargo nuevamente yerra el blanco. Esta espectadora emancipada que es la dueña del cine, consigue llevar a Salinas y Abeledo, a punta de inteligentes evasivas y de una especie de espontáneo guión construido por ella misma ante la intimidación estatal, a un extremo que no es otra cosa que una trampa. Una trampa con forma de invitación.

La invitación: que se queden gratuitamente a ver El corazón es un cazador solitario, película de fines de los ‘60 dirigida por Robert Ellis Miller, que gira en torno a la truncada amistad entre dos sordomudos. La señora describe la trama a su manera, como resumiendo al mismo tiempo las características del frustrado diálogo que ha sostenido con los funcionarios y su porfiada incapacidad de entender su negativa: “un montón de personas que tienen dificultades para comunicarse. El protagonista es sordo. Pero hay que ver qué capacidad de comprensión”. Exhaustos del trámite irresuelto, los funcionarios terminan por aceptar y se suman a la platea. Salinas, el miope, en tercera fila; Abeledo desde más atrás.

Al fondo, el resto de la familia entre que cocina y ve la película. Tanto el cuchicheo como los aromas se cuelan hacia las butacas y Salinas los percibe con repulsión, que no es otra cosa que el rechazo del funcionario a este submundo marginal. Del otro lado Elina susurra a su abuela y hermano, y es quien les comenta la historia gracias a una peculiar habilidad, al mismo tiempo que les da noticia de la presencia de los burócratas y su intención de demoler el cine. “¿Y éstos?”, pregunta el hermano. “Vos callate. Mami dice que ya saben”, responde Elina. He aquí un punto de inflexión en el relato pues la irrupción de estos otros en este diálogo de inmediato intriga al lector. ¿Quiénes son “éstos”? Esta alteridad introducida por Cohen, terceros fantasmales que no corresponden ni a los funcionarios ni a los espectadores, resulta decisiva. Más todavía si comparamos la versión del cuento publicada en 1981 y la incluida en la reunión antológica del 2014. En 1981 el diálogo es ligeramente diferente: “¿Y los de las películas?”, pregunta el hermano de Elina. Y más abajo, nuevamente en vez de “éstos”, Elina declara que su madre no deja de decir que “los de las películas nos van a ayudar”.

Esta modificación que Marcelo Cohen realiza en la reedición, desplaza el cuento desde el detalle extraordinario inequívoco –el cual prestaba al relato, dicho sea de paso, un desenlace muy cortazariano-, hacia una ambiguedad que consigue otro efecto en la versión más reciente. El final del cuento no cambia, pues la demolición finalmente es radicalmente demorada. El asunto es quién dispara sobre Salinas. ¿Es el sordomudo de la propia película, que desdoblado desde la pantalla, antes de suicidarse en la trama, empuña el arma contra el burócrata? Así en efecto parece ocurrir: Salinas ve que el actor camina tres pasos desde la pantalla hacia la platea y lo balea. Tal como ocurre en La rosa púrpura del Cairo de Woody Allen, el personaje es capaz de transitar desde el espacio encapsulado hacia la realidad. Y aliado con los fieles al cine, interviene en el presente de esa sala de barrio, comete el cimen necesario y seguido se quita la vida, que es como la película indefectiblemente acaba.

Sin embargo, “éstos”, como figura en la versión más reciente del cuento, es un pronombre indefinido que consigue abrir una tensión entre lo sobrenatural y un realismo más propio del relato policial. Especialmente si consideramos que la ciudad, como describíamos más arriba, está “en estado de sitio”. Hay una guerra en curso, hay un conflicto que trasciende al que los funcionarios sostienen con la dueña pero que a la vez lo escenifica, y que ciertamente posee referente. Recordemos que el estado de sitio fue declarado por la dictadura militar en Argentina desde 1976 hasta 1983, el cual vino a continuar la misma excepción declarada par de años antes por María Estela Martínez de Perón. “La guerra es peligrosa”, había musitado la dueña del cine antes, cuando Salinas había subido el tono, entrando en el terreno de los ultimatums.

Ya se trate de actores o de agentes externos (perseguidos políticos, por ejemplo, clandestinamente viviendo junto a esa familia tras el telón), el cuento de Marcelo Cohen narra también la presencia de una alteridad que es fiel aliada de la resistencia a los designios del poder. Y el modus operandi es políticamente atrevido, pues lo que acontece finalmente es el crimen de los funcionarios. Esa realidad que Salinas desprecia es la que acaba por aniquilarlo. Con pedantería Salinas había dicho, como adorando al dios de la demolición: “Dentro de tres meses, esto es un montón de escombros”. Pero lo cierto es que la firma termina por postergarse, y así también la borradura final del edificio.

No describí antes la habilidad de Elina. Cuando su madre la presenta, la chica cuenta a los funcionarios, con esa ansiedad propia de los niños cuando desean revelar a los adultos un talento singular, que desde pequeña aprendió a leer de revés. Detrás del telón también se ve la película, solo que lo que está a la izquierda pasa a la derecha y viceversa, nada demasiado problemático para la visión. En cambio con los subtítulos no hay vuelta: las frases deben ser leídas en sentido opuesto, y es esa la gracia que Elina, con los años, desarrolló. La chica se ha convertido de este modo en una mediadora, la que narra al resto de la familia lo que dicen los personajes mientras ven la película desde atrás. Pero antes que mediar, lo que consigue Elina es ser una peculiar clase de lectora. Una lectora que extrae sentido con un método infrecuente.

Hay que leer, como Elina, este cuento al revés. Quienes vienen a demoler son demolidos. Quienes vienen a ver son vistos. A quienes vienen a expropiar, se les expropia la vida. Pues una cosa es demoler un edificio cualquiera y otra es demoler un cine. “Yo al cine no lo traiciono. No conviene”, era la barricada discursiva que había puesto la dueña ante las amenazas de esa otra clase de sordos que son los funcionarios municipales (o el régimen bajo el cual operan y al que representan). ¿Por qué no se traiciona al cine? Como si el cine detentara un poder insospechado, la dueña permanece fiel a su religión y al templo que la cobija a ella y a su familia.

Precisamente por 1968, año de la película El corazón…, Manuel Puig le devolvía la mano al pueblo árido y machista de su infancia con una novela titulada La traición de Rita Hayworth. Lógicamente, a los vecinos del pueblo no le gustó para nada la novela, pero con ella Puig había conseguido definir el rendimiento del cine dentro de la literatura para develar ciertos atavismos y rigideces de la cultura. “Pero hay que ver qué capacidad de comprensión”, había dicho la dueña del cine sobre los sordomudos de la adaptación de la novela de McCullers. Esta frase es, me parece, extendible al cine, un artefacto cultural que partió mudo y, aunque sordo, siempre ha pretendido prestar atención a los asuntos del mundo para devolverlos hechos escena, montaje, artificio.

Lo que ignoran los funcionarios es que una demolición es tal vez la más peligrosa de las construcciones. Si el cine comprende, es capaz de distinguir la volubilidad de lo real, y tomar, a su modo, cartas en el asunto. Desde luego la mente fantástica de Marcelo Cohen lleva en “Séptimo arte” esta lógica al extremo. Pues además de fantástico, este es un notable relato sobre el compromiso del cine con la sociedad. No en términos propagandísticos o retóricos, sino fundamentalmente afectivos. Demoler un cine en esta historia no es solo demoler un edificio sino un sistema completo de sentido. Además de funcional a un barrio entero, la mujer y su familia leen la realidad, del derecho o del revés, gracias al cine, es decir, gracias al edificio y a las películas.

Demoler un cine, en este inquietante relato, constituye la más destructiva de las construcciones: tras echar abajo de lo que se trataría, en este caso, sería de levantar un espacio exclusivamente consagrado a la velocidad de los cuerpos –la autopista-, donde antes ya se alzaba inmóvil, pero dueña de la velocidad de la luz y el sonido, una irrepetible máquina lectora del mundo.

 

 

 

_____________________________________________________________

 

DEMOLER UN CINE

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s