HOJAS RASGADAS EN LA BIOGRAFÍA INVENTADA / Carlos Crisóstomo

Captura de pantalla 2018-11-11 a la(s) 11.56.27

Te llega una carta anónima que te avisa del paradero de un personaje-autor y sales a buscarlo. Se llama Roberto Arturo Belano y desapareció en México en 1999 después de regresar de Europa. Roberto Bolaño y su alter ego literario, Arturo Belano, se han fusionado en esta ficción. Reconstruir su itinerario es el objetivo de esta película, de este documental falso, La biografía inventada de Nicolás Lasnibat.

La búsqueda es narrada por una voz en off, la de quien recibe la carta, y que se dedica a entrevistar a conocidos del poeta Belano que entregan información para situarlo en un mapa que podemos visualizar gracias a las tomas en Chile, México, Francia, España. Estos entrevistados tienen nombres que están más cerca de Roberto que de Arturo pero que, de seguro, en la mirada de Arturo poseían la misma forma, o al menos la misma silueta. Vemos a Rubén Medina que Belano habría llamado Rafael Barrios; a un José Peguero que identificaba como Jacinto Requena; a Piti Ochoa en cuyo carnet, Belano, leyó Xóchitl García; a Piel Divina resucitado, pues fue asesinado por la policía según el testimonio de Luis Sebastián Rosado; a Carla Rippey que Belano escribía como Catalina O’Hara al destinarle sus cartas. Pero también vemos a personajes que a la parte de Roberto, de existir desdoblamiento, le hubiese costado más precisar, como Ilse von Beck que en La literatura nazi en América y en Estrella distante se llama Tatiana; o al detective Roberto Arriagada que podría ser el funcionario Arancibia del relato “Detectives” de Llamadas telefónicas; o la disociación Felipe Müller-Bruno Montané, que en la película mencionan como personas-personajes independientes el uno del otro.

Es interesante la difuminación de un escritor que creemos tan archiconocido. Su nombre y las hojas en blanco en las antologías del infrarrealismo, el pelo largo cubriéndole el rostro en una fotografía con su fraternidad poética, la inexistencia de una obra. “¿Es la única obra que queda de él?”, se pregunta la voz en off sobre un fresno presuntamente plantado por Belano. ¿Será el mismo árbol donde colgaba la piñata de cumpleaños número dieciocho según los recuerdos de Jaime Quezada en Bolaño antes de Bolaño? Una piñata que es una cabeza olmeca y que Bolaño destruye con un palo, como el fruto podrido de una obra que no es digerible, que no es publicable, como un llamado de atención al futuro en Alfaguara.

Pero hablamos de poesía y de otro Roberto, de Roberto Arturo que según José Rosas Ribeyro en el documental “no publicó nada”. Hay una plaquette concebida por el Taller Martín Pescador de la que Juan Pascoe, su fundador, no conserva copia. En Los detectives salvajes también se insinúa que Belano no ha publicado poemas pero sí ha incursionado en la novela. El duelo con el crítico Iñaki Echavarne en una playa nudista de Barcelona da pistas sobre ello. Guillem Piña y Jaume Planells relatan el suceso en el libro. En la película, un tal Aleix Cayna da cuenta del incidente, reproduciendo con los brazos los movimientos de las espadas de los contendientes, como un director de orquesta, mientras el mar brama de fondo. Sin duda una de las escenas más bellas, por su simpleza, falta de pretensión y, aunque pudiera sonar contradictorio, por el flujo, la acción en un filme que a ratos se vuelve monótono en la intercalación de la voz conductora y la de los entrevistados, casi siempre tan pasivos como testigos comprados.

Considero un acierto la inclusión de la figura de Mario Santiago Papasquiaro. Bolaño le escribió en una carta a Juan Pascoe: “He descubierto que todo mi teatro lo he realizado para que Mario haga el papel principal, para que él haga mi papel, protagonice mis sueños, ¿bonito no?”. No sería descabellado, entonces, imaginar una película de Belano con Mario Santiago como héroe, atravesando el desierto en una moto negra —como escribe Bolaño en el poema “El burro”— con Belano agarrado de su cintura, en el asiento trasero, en un puesto secundario. De esta manera, en La biografía inventada, el narrador intenta conseguir un libro de Roberto Arturo, pero en las librerías donde consulta nadie tiene idea de quién es; en cambio, adquiere con facilidad un poemario de Mario Santiago.

Este juego de intercambio de roles es atractivo porque fue el poeta mexicano quien desperdigó sus versos en revistas, papeles sueltos, márgenes de libros; contrario a la organización que mostraba su par chileno. Eché de menos, sin embargo, alguna referencia más explícita al cuento “Muerte de Ulises” que trata sobre la visita de Belano a Ciudad de México luego de más de veinte años de haberla abandonado. Es probable que dicho cuento sea el punto de partida del rastreo que propone Lasnibat, pero podría haber sido mejor utilizado. En esa historia, contenida en El secreto del mal, Belano se dirige al lugar donde pasó sus días finales su cuate, su carnal Ulises Lima, encontrándose con unos vecinos que dicen ser los discípulos del amigo muerto, tres rockeros gordos que homenajean la poesía de Lima con guitarras eléctricas. Una conversación con alguno de los integrantes de esta banda hubiese sido reveladora, ya que fueron los últimos personajes que compartieron con Belano y habrían podido aportar a la resolución del misterio.

Antes ya me refería a lo monotonía del filme. Los planos de paisajes son un respiro en ese sentido. Por ejemplo, el bosque francés donde vive Piel Divina, la carretera en el desierto de Sonora, un cementerio en Villaviciosa sintonizan más con el propósito, con la búsqueda, y se presenta la materialidad del viaje. Decía el filósofo George Santayana que “es la posibilidad de viajar lo que da significado a las imágenes de los ojos y la mente que, de otra forma, serían meras sensaciones y un estado mortecino del propio ser”. Hay que constatar el descubrimiento o el fracaso con polvo en las pestañas. Quizá fue por la escasez de presupuesto, pero el viaje de Belano a África, posterior al duelo, quedó descartado en la película. Se menciona, pero se desacredita, se insinúa que tal vez nunca fue. Es una lástima porque se desaprovecha una panorámica poco explotada en la mitificación del personaje, la pizca de exotismo que corona al aventurero.

En un cuento titulado “Fotos”, del conjunto Putas asesinas, Belano hojea una antología de poesía en lengua francesa, sentado en el suelo de una aldea de Liberia, observa los retratos de los autores y conjetura por medio de sus caras la vida que estos hombres y mujeres pudieron haber tenido; mientras inmiscuye su fantasma en esas biografías, siente “envidia por no pertenecer a ese grupo”. Los poetas infrarrealistas tradujeron a poetas franceses inexistentes para sumarlos a sus filas; Belano, en este relato, se aferra a un mamotreto con escritores reales, donde él no aparece, y remonta sus nostalgias hasta México y sus pasos presurosos de adolescente. Y cuando mira su juventud se siente agradecido con las fotos de esos poetas luciendo jóvenes y que ya están viejos o enterrados, y quizá puede ver el rostro, su propio rostro, que la película nos veta, erigiéndose la motivación, el trampolín que te precipita a las aguas del pasado. Como el portero del hotel de Mulchén que halló Obra gruesa en una habitación donde alojó Belano, alguien pudo rescatar La poésie contemporaine de langue française depuis 1945 desde el fondo de la selva africana.

Un perro poco romántico se comió la mitad de las páginas de la biografía.

HOJAS RASGADAS EN LA BIOGRAFÍA INVENTADA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s