LA MESA COJA (serie) / Tomás Henríquez

Capítulo I

Nadie supo que Raúl Ruiz volvía a Chile. Habían infinitas cosas más importantes que pensar, que en el retorno momentáneo, a diez años de iniciar su exilio, de uno de los tantos viajeros que debieron olvidar a la fuerza su suelo de origen. Y a pesar de su pasado de militante de izquierda, como las miradas de la sospecha oficial no lo seguían, mucho no había de qué preocuparse. El espanto era tan cotidiano que lo teñía todo, incluso el entendimiento. Pero el cineasta nunca transó ante la barbarie. Sin importarle métodos, manifiestos, tendencias, modas, autorías, decretos partidarios, ni la triste consagración del luto socialista, durante años se había encargado de filmar las contradicciones vitales de su época. Quise hacerla a favor, pero me salió en contra, dijo luego de “Diálogo de exiliados”, su obra quizás más polémica para la troska de nostálgicos que vivían la esclavitud forzosa del destierro. Entonces perdió amigos que en realidad nunca lo fueron. Porque muchos no le perdonaron que ironizara -aunque fuese involuntariamente- sobre la tragedia que vivían los compañeros militantes.

Por eso no asombra que diez años después, cuando regresa al país, su presencia nadie la nota. Básicamente porque a nadie le importa. Chile es un país distinto al que dejó luego del trágico final de la Unidad Popular, y Santiago ya no es la ciudad efervescente que en otro tiempo fue. Todo viajante que regresa a su lugar de origen puede percibir, quizás como ningún otro, la distancia del tiempo que ha pasado. Llamémoslo nostalgia. Quizás melancolía. Así, Ruiz notó lo que otros, por su cercanía, tozudez, o estulticia, fueron siempre incapaces. Su mirada de extranjero le permitió distinguir cierta extrañeza. Era bastante fácil decir que el paisaje no era el mismo y que todo estaba peor que antes. Lo difícil era decir qué era eso que había cambiado, eso que se había transformado de manera radical, y que obligó a que en esos 10 años no hubiera primavera alguna que hiciera florecer el más mínimo atisbo de esperanza en el apocado rostro chileno. El oscurantismo medieval de la dictadura, ya lo sabemos, instaló no solo la uniformidad de las rutinas, sino una educación militarizada, que lejos de emancipar, segregó y reprodujo miseria humana hasta el hartazgo.

Entonces el cineasta regresa a su país y se propone filmar la ausencia de un color. El Chile de 1983 era, tal como lo mostró Ruiz, tan sombrío como angustiante. Incoloro y gris. Rudimentario y provincial. Extranjero en Chile, a diez años de su extrañamiento, el cineasta no deja de mirar con la cámara al hombro. Observa la opacidad del paisaje. La amargura de su gente. La tristeza de un territorio. Se siente incómodo y lo dice a su manera. En este país no solo desaparecen las personas. También los colores de una puesta de sol. También la potencia pictórica del paisaje. La fértil provincia señalada por Ercilla como una campiña agreste y bucólica, como un exhuberante y belicoso zanjón lleno de riñas callejeras y amagos de rebeldía, también al parecer desapareció.

Me fui de Chile el año 1973, volví después de diez años de exilio y me sorprendió constatar que no había nada en mi país que me incitara a hacer una película. Eso dijo Ruiz en una entrevista a mediados de los años ochenta a una revista francesa. Pero mentía. O al menos, exageraba. Astutamente omitió mencionar el plan que tenía entre manos. O quizás nunca tuvo un plan, sino que, cámara en mano, como siempre gustaba de hacerlo, simplemente improvisó. El triste material que filmó en dicho viaje pronto habría de tomar forma. Carta de un cineasta (o El retorno del amateur de bibliotecas), es un cortometraje de escasos 14 minutos que el cineasta realizó en 1983, precisamente cuando todo indicaba que en este lugar no había nada digno de ser filmado. Narra en tercera persona cómo vuelve a su antigua casa y descubre en su biblioteca una nueva desaparición. Entre todos los libros grises que componen esa muralla hace falta uno: un libro de color rosado. De igual forma como lo reconoció en el paisaje apenas se bajó del avión, en su librero parece que hubiera colores que ya no están. Ruiz usa la desaparición supuesta de uno de sus libros para hablarnos de lo evidente. Volvamos a decirlo. Es Chile, es 1983. La gente desaparece, los colores del paisaje desaparecen, pero para el cineasta lo más importante es la desaparición de su libro color rosado. Esto lo motiva a filmar su búsqueda

Dicen que hay dos tipos de idiotas: los que prestan libros y quienes los devuelven. Cierto o no, en la película el cineasta no deja en claro si el libro lo prestó, o bien, fue amistosamente sustraído de su biblioteca por diez años olvidada. Hay aquí un gesto de lucidez, de extraña generosidad, que bien podría sonar a un descuido amoroso -intencional o no, ¡qué importa!- sobre algo que no se nos quiere revelar, sobre lo que parece ser el sentido final y último de algo que podría carecer por completo de sentido, y que al mismo tiempo, en reversa, da cuenta tal vez únicamente de la fascinación del cineasta por la ambigüedad, por la belleza que hay en aquello que todavía no sabemos descifrar por completo. Quizás por eso merece la pena volver a ver una y otra vez esos 14 minutos de película. Porque perder un color siempre es haber perdido algo más.

LA MESA COJA 

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