MEDEA EN EL PARAÍSO EXTRACTIVISTA – CRÍTICA A “MEDEA” DE ALEJANDRO MORENO

MEDEA EN EL PARAÍSO EXTRACTIVISTA / Gonzalo Abrigo

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Da la sensación de que la tragedia griega no ha sido muy visitada por los directores de cine. Si uno se pone a escarbar, seguro encuentra. Pareciera ser, sin embargo, que su frecuencia no se compararía a lo que ha ocurrido, por ejemplo, con la más pródiga recurrencia al catálogo shakespeariano. De todos modos resulta interesante que no sea otra que Medea, la obra de Eurípides, la que ofrece rápido dos muestras a la mano, dos adaptaciones frescas en la memoria, por relativamente recientes (1969, 1988) y por, cada una en lo suyo, logradas. Conocidos son esos nombres. Una tercera se agrega este año y pertenece  a un director chileno: Alejandro Moreno.

Medea, recordemos un poco la original, es la mujer que padece la desventura de ser abandonada por su esposo Jasón, el héroe argonauta, quien decide desposar a la hija de Creonte en la ciudad de Corinto. La desolada Medea no tarda en fraguar su venganza contra esta injusticia que ella ve no solo como traición ordinaria del hombre por el que se ha sacrificado desde que decide estar a su lado, sino como episodio revelador de las perfidias del género masculino todo, y que su ahora ex marido encarna como por excelencia. Creonte, nuevo suegro del héroe, ve venir el desquite pero, pese a alguna vaga medida preventiva, no consigue conjurarlo. Medea acaba por asesinar a los dos hijos de Jasón, carne de la carne también de esta mujer diestra además en las artes de la magia y la hechicería.

La película de Alejandro Moreno está ambientada en un paisaje desértico y las primeras escenas nos sumergen con audacia en esa especie de tiempo suspendido del mito. Un grupo de mujeres que premunidas de faroles y cascos parecen buscar como pirquineras en la oscuridad de un pique algo que pronto encuentran (el crimen probablemente, la desdicha final de Jasón) y que es el inicio de la película misma cuando el corte nos somete a la luz del día y la visión de unas lanchas que ocupan todo el encuadre navegando épicamente por el océano, mientras una voz en off inclinada al tono del cuentacuentos nos pone al tanto de la situación. Se trata de la llegada de Medea (Millaray Lobos) a Corinto, y de la noticia de que Jasón (Michael Silva) ha decidido cambiar a su esposa por el oro. Quiere casarse Jasón, en esta Medea, con una mina de oro, la alegórica hija de Creonte. Más aun: pronto veremos al héroe en el umbral de una rosada bocamina vaginal, afuera de la cual escenas más tarde se celebrará una colorida fiesta pagana. Es Medea en el norte de Chile, altiplánica, en el paraíso extractivista, en el desierto de Atacama que a veces, como aquí, se vuelve un obnubilante espejismo.

Moreno con su Medea debuta en cine pero es justo decir que se trata de un director con una ya sobresaliente carrera como dramaturgo (Norte, La amante fascista), y Medea misma una de sus primeras obras. Este dominio del lenguaje escénico se advierte en la dirección de actores (y de consagrados: Paulina García como nodriza de Medea, Alfredo Castro como el empampado camionero que pretende a la ex de Jasón), particularmente a través de la clase de textos y voces que la película enfatiza, parlamentos que tienden a plegarse sobre sí mismos desafiando la lógica del sentido. No es nunca copia de alguna traducción al español castizo del clásico griego, sino que estamos ante una versión original escrita por su director, que se ajusta la mayor parte de la película con precisión a la arriesgada propuesta.

No hay realismo, cómo podría haberlo si estamos en el mito, sin embargo esta apuesta por una especie de tensión permanente de principio a fin, acentuada por una envolvente banda sonora (aprendida del nuevo canon de series contemporáneas, pero con toque ditirámbico en el manejo del suspense), resulta sin duda en un viento fresco para el claustro del cine chileno actual tan devoto de un realismo que, con sus exasperantes contenciones indie y manuales de sociología (un tic transversal, en todo caso, a las diferentes expresiones artísticas), muchas veces logra maquillar más que bien sus enormes carencias tanto de ideas como de estilo.

En un principio este largometraje consigue un poderoso hipnotismo que hacia la mitad de la historia se estabiliza de buena forma gracias al avance del relato mismo movilizado por los diferentes momentos (actos en la tragedia clásica), una cámara que sabe moverse con arrojo, y un montaje imprevisible sin ser rebuscado, desechando la mayoría de las veces la dinámica plano-contraplano, dentro de un paisaje que, si bien es el desierto chileno, ha sido alucinantemente desfamiliarizado, apelando a una fotografía de lo mismo pero al margen del lugar común. En esa meseta la película se sostiene vigorosamente hasta que adviene el desenlace, sin duda la parte más débil del trabajo de Moreno. Donde hubo épica y primó esa luz del sol que Jasón aspira a tapar con una moneda de oro, ahora cae una noche visualmente opaca (ni los vistosos bailes chinos de la incendiada fiesta de bodas consiguen ir a su rescate), donde la consumación trágica parece a la larga solo un infanticidio rutinario, más cerca de un discreto drama que de todo el trepidante relato fantástico al que veníamos asistiendo.

En una entrevista con Jean Duflot, Pasolini explicaba cómo entendía él lo que estaba en juego en su versión de la tragedia. Era, decía, la confrontación de dos mundos: uno hierático, arcaico, representado por Medea, y otro racional y pragmático encarnado por Jasón. Jasón es el héroe de estos tiempos, un tecnócrata abúlico cuya búsqueda solo tiende al exitismo. Así como en Pasolini, en la versión de Moreno se deja entrever también esta lucha, donde Medea amenaza al mundo con el fin de la función procreadora (“dejemos de parir”, invita en un momento), como castigo sumo al descariño y la vuelta de chaqueta aspiracional del héroe que ahora es apenas un funcionario de la aventura y probable futuro depositario de suculentos bonos de finalización de conflicto auspiciado por alguna minera canadiense o australiana (a un par de ellas, si no recuerdo mal, curiosamente se le agradece en los créditos).

El debut de Alejandro Moreno en el cine resulta más que satisfactorio, con una producción que consigue una impronta personal en base a un material –aún más meritorio- que podría haber desbordado a priori las pretensiones del guión. No fue así. Hay un atrevimiento en esta Medea que los medios seguramente tildarán de “cine experimental” pero que más bien corresponde a la osadía de la fantasía con ribetes alegóricos cuyas cabras no alcanzan, por suerte, a arrancarse al monte del metaforón. No tanto cine de poesía sino cine de una prosa distante de los manierismos del insulso narrador que prepondera en el celuloide local.

Medea, 2019

Dirección y guión: Alejandro Moreno

Elenco: Millaray Lobos, Michael Silva, Paulina García, Alfredo Castro.

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