ZWEIG ALGUNA VEZ FUE POP

ZWEIG ALGUNA VEZ FUE POP / Gonzalo Abrigo

Pop

Hay dos formas de enterarse casualmente de la existencia de Stefan Zweig. La 1ª: darse una vuelta por librerías de segunda mano. Tanto en los polvorientos anaqueles como en los mesones de ofertas siempre hay algo del suicida escritor austríaco, una novela breve rematada a luca, una biografía sobre Balzac o Magallanes, un tomo ajado de su obra completa forrada en cuero y bordada con caracteres dorados. Meterse a vitrinear a las corrientes es la segunda posibilidad. El catálogo de Acantilado, esa editorial peninsular de cuidadas tapas negras y ribetes de colores intensos, rojo o salmón, sinónimo de alta cultura y literatura europea sofisticada, incluye pródigamente a Zweig, y sus precios, desde luego, no se inmutarán jamás ante los mismos títulos desparramados como gangas de cajón.

Zweig es de esos escritores infelizmente ubicuos, que aparecen por todas partes pero que nadie en realidad lee. O más bien: los grandes lectores de Zweig, uno de los autores más best-seller del siglo 20, y con excepción de algún lote de académicos, estetas o jóvenes promesas del derecho, son en su gran mayoría caballeros y damas sub-60, sub-70. ¿Debemos leer a Zweig? No lo sé. Probablemente sí; no todo, algunas cosas. Porque Zweig también es de esos escritores que la crítica sin asco dejó tempranamente de lado. Y todo lo que la crítica deja de lado posee automáticamente los merecimientos para recaer una y otra vez en nuestras manos.

Zweig, en todo caso, resiste, y en el cine ha encontrado una de sus mejores trincheras. Alguna vez, trabajando en una librería, maté ratos sin clientela —no eran pocos— leyendo Carta de una desconocida. Si bien olvidé su argumento a las pocas semanas, años más tarde vi una película con el mismo título que resultó ser una inolvidable alucinación. Max Ophuls, el genio de esa cámara que atraviesa cristales, ponía a la anonadante Jean Fontaine como la escribidora de cartas de Zweig. Otras adaptaciones no he visto pero las hay; basta hurgar un poco en la red, meterse a IMDB.

Alguien me cuenta que hay una mexicana con María Félix que es una versión de Amok. Sería un placer verla, la excusa perfecta para reencontrarse con el rostro irrepetible de la diva. Incluso ese becerro de oro hipster llamado Wes Anderson, sorprendentemente parece haberse inspirado en textos de Zweig para —tampoco la vi— El gran hotel Budapest (2012). Stefan Zweig & Wes Anderson. Raro y hasta sospechoso. Como un solemne vaso de whisky compartiendo mesa con una tacita de té chai. Habla bien de ambos en todo caso: Anderson por interesarse en un escritor como Zweig y Zweig por ser dueño de una obra capaz de encontrar sitio en la burbuja artificiosa de Anderson. Lo que queda claro es que SZ parece ser de esos escritores europeos que, sin ser Joyce ni Proust, han conseguido perpetuarse no sólo vía negocio editorial, sino que reflotando una y cuántas veces en la pantalla.

María Schrader, joven directora alemana, volvió a la carga con Zweig hace un par de años, aventurando el retrato biopic de buena parte del exilio padecido por el escritor judío tras el apocalipsis inaugurado por el Tercer Reich. Stefan Zweig: Adiós a Europa (2016), es una película particularmente bajoneante, que comienza con cenas y recepciones esplendorosas y que acaba con un repentino, voluntario y desolado envenenamiento en pareja. Petrópolis, la villa brasileña al interior de Río de Janeiro donde por esos años también coincidió Gabriela Mistral como agente diplomática, será el escenario sudamericano desde donde el europeo decidirá abruptamente extinguirse. Un buque carioca torpedeado por un submarino nazi: se dice que fue la mala nueva que acabó en 1942 por rebalsar la ya pesimista conciencia del escritor.

Queda en evidencia, desde las primeras escenas, el calibre de la popularidad y respetabilidad de la que gozaba Zweig a finales de la década del 30. El extenso episodio de un congreso Pen Club de escritores celebrado en Buenos Aires, y donde también figuran invitados poetas de la talla de Ungaretti y Marinetti, así como otra gente que ya nadie lee (Emil Ludwig, Jules Romain), comienza a retratar tempranamente a un artista que parece fracasar en su misión de encontrarle asunto a su tránsito por tierras foráneas, incluso deambulando por salones, emitiendo discursos y aceptando invitaciones confortables pero inexorablemente extranjeras (como aquella cursada en algún momento, vemos en una escena, por esa hada madrina de la literatura argentina llamada Victoria Ocampo).

La película de Schrader, recortada en segmentos temporales precisos de esta etapa final, muestra a un hombre que en muchas ocasiones consigue maravillarse con el exotismo y la naturaleza desbordante, así como con la organización de un país cuya mezcla y convivencia racial y linguística llaman poderosamente en esos años, especialmente por contraste con la situación alemana, su atención. Más tarde, Brasil, país de futuro, será el título esperanzador de un largo tratado resultante de esa estadía donde SZ plasmará su visión rayana en la utopía del país latino que le dio residencia (claro que con Getulio Vargas de dictador) y que tal vez funcionó, mientras pudo, como una especie de paisaje ansiolítico para alguien que sobrellevó la noticia constantemente actualizada de la destrucción de Europa y la proscripción y muerte de entrañables seres queridos.

Porque Zweig fue tal vez, quizá más que cualquier otro, ese escritor absolutamente identificado con la producción y logros de la cultura europea. Fue amigo de Freud. Amigo de Rilke y Joseph Roth. Quien se exiliaba en Brasil, en buenas cuentas, no era otro que uno de los principales difusores del saber occidental siglo 19-20. Ser testigo de la desaparición, como él se convencía, de ese acervo al que había dedicado su existencia y trabajo, se volvió una idea insoportable. La película de Schrader posee ese mérito: mostrar a través de intensos y largos diálogos y parlamentos, aquellos pasajes o/y paisajes sin salida del escritor expatriado, la lucha íntima de una celebridad intelectual que observa, de un momento a otro, la insignificancia de la propia obra ante la magnitud y avance de la catástrofe.

Una de las últimas escenas: Zweig recibe un lindo regalo de cumpleaños, un bello fox terrier que mima complacido y toma en brazos. Se le ve agradecido y contento, conmovido incluso en mitad de una terraza colonial. Se toma fotos con su mujer y amigos. El día está precioso en Petrópolis. La escena siguiente: dos cuerpos tendidos en la habitación siempre vistos a través de un espejo. Gabriela Mistral, en cambio, es testigo presencial de la inmolación.

Durante este último desasosegado periodo que también incluyó estancias en Inglaterra y EE.UU., Zweig rearmó su vida sentimental casándose con su secretaria personal, Lotte Alttmann, veinte años mas joven. En esta película aparece una relación cómplice y leal, resuelta y carente de cualquier capricho, salvo aquel que busca en el forzoso nomadismo exprimir puntualmente cada segundo de felicidad. En Nueva York Zweig se hospeda donde su ex mujer, también expatriada. Luego aparece Lotte en el mismo departamento sufriendo de ahogos asmáticos. El exilio los vuelve a todos parte de una misma escena de indefensión que congela posibles animosidades. La película transmite bien el acorralamiento, el estado familiar de sitio. Nunca es cómodo el exilio de Zweig en la gran manzana. La figura del escritor cosmopolita a sus anchas, contrario a lo que se podría pensar, aquí está cancelada. Estados Unidos jamás es grato para Zweig. Se dice que de hecho detestó Central Park.

Pero el popular autor de Momentos estelares de la humanidad no detendrá por ello el ejercicio del oficio. El mundo del ayer, será el monumento memorístico de Zweig y Novela de ajedrez su última ficción acabada, ambas escritas durante esta complicada etapa. Y si bien en la película de la directora alemana prácticamente no vemos a Zweig sentado al escritorio, sí aparece como escritor en terreno, acaso en fase investigativa, entre las plantaciones de caña de azúcar, observando y tomando nota como etnólogo en esos para él no tan tristes trópicos.

Tal vez Stefan Zweig era una especie de cronista ultra erudito a quien no le avisaron que, por estas tierras, aremetía un sentimiento autóctono llamado saudade que, dada las circunstancias, no iba a ser difícil que se agudizara. Zweig posiblemente haya sido el mayor de los escritores menores del siglo pasado, el más dedicado y leído escritor-divulgador. El adiós a Europa de la directora Schrader equivale el adiós a Zweig mismo (y también a otros como el emblemático Walter Benjamin o Primo Levi) en el momento en que la cultura viva se vuelve nada más que ruina —esa que tan bien capturó Rossellini— para, muy pronto, inaugurar el museo que hoy se atiborra de selfies y paquetes de turistas chinos.

Hay nobleza en la obra de un escritor que los más disímiles directores no cesan de tomar en cuenta. Las ficciones de Zweig seguramente poseen la pureza y fuerza por la que el mejor cine siempre se desvive. No veo otra explicación: Zweig alguna vez fue pop. La película de Schrader también es un homenaje al generador de esa vibra, dejando en claro que la fragilidad puede abundar allí donde menos uno se lo espera: en un aplomado ensayista de la cultura, en un discreto pero auténtico narrador.

Maria Schrader
Vor der Morgenröte – Stefan Zweig in Amerika (Stefan Zweig: Farewell to Europe)
(2016)

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