LLAMPO DE SANGRE Y LA INGENUA CLARIDAD / Joaquín Fermandois

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La novela Llampo de sangre de Oscar Castro (1950), relata las aventuras en torno a una mítica mina de oro en la zona de Angostura de Paine, al sur de la Región Metropolitana en Chile. Por medio de diversos relatos orales de los personajes, nos enteramos sobre cómo los mineros de esa zona en ese entonces (primera mitad del siglo XX), realizaron numerosos intentos por descubrir la codiciada mina “El Encanto”, conocida por todos por medio de narraciones cercanas a lo fantástico, anhelada igualmente que incógnita. Cuando la mina es encontrada casi por casualidad por un rico hacendado, se le une un ingeniero de ascendencia norteamericana, quien ha sabido de la mina por medio de un mestizo huido a Bolivia, y que habiéndose perdido en el cerro, además es ayudado por la aparición de un indio, señal clara para los supersticiosos mineros de que el gringo está bendecido.

Una vez iniciadas las faenas en “El Encanto” nos enfrentamos con un típico ambiente minero, encontrado en los relatos de, entre otros, Baldomero Lillo y más recientemente Rivera Letelier: hombres rudos y hombres mutilados, escasez de mujeres, prostitutas, supersticiones y codicia. A este mundo llegan los amigos Ricardo Robles y Armando Escalona. Prófugos de la ley por un asesinato que cometieron, vagan de yacimiento en yacimiento, de norte a sur. Como es de esperar, nuestro héroe Ricardo comienza una relación con Emilia, la cocinera de la mina.

Llampo cover

La película “Llampo de sangre” de Henry Vico (1954), relata los mismos acontecimientos, centrándose en la historia de amor y las correrías de Ricardo, restándose de historias paralelas que complejizan la experiencia del lector. Esta película llega a nosotros gracias a la restauración digital realizada por la Cineteca Nacional de Chile en el año 2013. Su duración final es de 87 minutos aproximadamente, que comenzaron en los 61 minutos de la copia original recibida por el equipo de la Cineteca. Sin embargo, se registra que la duración original del film era de 90 minutos. Junto a esta información, advertida preliminarmente por el equipo de restauración, se describe que hay pasajes donde no fue posible recuperar el sonido, y otros donde no fue posible tampoco recuperar la imagen. En muchas ocasiones esta falta es reemplazada por fragmentos textuales extraídos de la novela,

y afortunadamente —para este método— la adaptación cinematográfica es bastante fiel a la obra escrita. A pesar de estas falencias, es posible reconocer en la película una ambición acorde a su época, como cuando por ejemplo Emilia corre desconsolada tras la cámara, persiguiendo a un fugitivo Ricardo que se esconde en la mina, lo que nos recuerda Roma, Ciudad Abierta de Rosellini.

El tono de ambas obras es el del Chile popular de primera mitad del siglo XX. Abundan las palabras criollas, los mitos y supersticiones, la comida típica y el vino barato. Herederas del movimiento “criollista”, se centran con pretendido realismo en las peripecias que el sujeto popular debe vivir, inserto en el mundo precario, injusto y opresor en el que se encuentra. Se levanta la sabiduría popular, el vocabulario informal, aunque rico, con el que cuentan, además de su eterna pero respetuosa lucha contra el patrón. Es un mundo de “ganchos” (amigos), “futres” (patrones) y “meicas” (brujas), y de mujeres que significan maldición para los hombres. Cómo no, pues aquí la mina y la mujer son casi la misma cosa, fundamentalmente peligrosa: “La suerte era una cosa viva y veleidosa que se entregaba sin condiciones a cualquiera. Lo mismo que las minas, lo mismo que las mujeres”.

Nos topamos pues con los tópicos típicos del criollismo latinoamericano: la viveza, la sabiduría del pueblo que conjuga religiosidad indígena con catolicismo, pactos con el diablo, juegos de apuestas, cuchillos bajo la faja listos para ser desenfundados cuando el honor está en juego. Lamentablemente, pareciese que el corazón criollo de Latinoamérica, y chileno en este caso, resulta intrínsecamente machista, lo que hace que muchas escenas y diálogos de ambas obras nos parezcan inverosímiles bajo los ojos actuales.

Oscar Castro participó en vida de la tendencia llamada “poesía de la claridad” surgida en Chile a fines de los años 30 como respuesta a las vanguardias aparecidas a comienzos del siglo pasado, caracterizadas por un lenguaje hermético y el subjetivismo. El objetivo de este movimiento, que buscaba recuperar las métricas de la décima y el romance, era supuestamente describir a la gente común y tomar temáticas sociales contingentes, todo bajo una óptica realista e influenciados por la obra de García Lorca. El mismo Nicanor Parra habría participado de este movimiento antes de fundar la antipoesía, declarando que lo que los caracterizaba era “el canon de la claridad conceptual”, constituyendo “el reverso de la medalla surrealista”. De este movimiento habrían participado también los escritores

nacionales Luis Oyarzún, Jorge Millas, Omar Cerda, Victoriano Vicario, Hernán Cañas y Alberto Baeza.

Dicha “claridad conceptual” apuntaría al retrato del sujeto popular, en el caso de Castro, de manera realista, enfocada en ilustrar sus penurias, pero también sus alegrías. Así como en “Llampo de sangre”, también lo haría en “La vida simplemente” (1951), otra novela póstuma, donde relata las peripecias de un niño de conventillo. Pero la impresión que nos deja la lectura, curiosamente, no nos parece de “realidad” o “claridad”, sino más bien un forzado esfuerzo por retratar al sujeto popular a partir de su lenguaje llano y plagado de muletillas y argot, su mundo supersticioso, receloso de la mina y las mujeres, con todos sus vicios inocuos.

Cuesta leer estas obras con naturalidad, pues en el esfuerzo por ilustar esas características se cae en el exceso y lo cansador. Lo mismo ocurre con las referencias a brujas y santos y, en el caso de la figura de la mujer, fuera del machismo que revela, la metáfora de la mina y la mujer como yugos del hombre aparecen como gratuitas y cursis. Parra habría abandonado el movimiento bajo esa misma impresión.

Este conjunto de referencias se aprecian tanto en la novela como en la película. Hay que destacar que debido a que la primera es una obra de mejor calidad (y acaso lo podemos perdonar), en el caso de la segunda se requiere de un esfuerzo mayor. Existen referencias que enriquecen sobremanera la experiencia del lector: la atención en el origen de “El Encanto”; la visión aburrida que el minero tiene del campo, y que le otorga valor sociológico al libro; el cuidado en la descripción del personaje de “Juan el Ciego”, el cual en la película solo llama la atención por una representación cuasi jodorowskiana. A su vez, cuando la película enfatiza momentos criollistas, su ingenuidad es mucho mayor. La escena del baile de cueca, con banda de coristas, arpa y guitarrones en un prostíbulo pobre, resulta un claro ejemplo al respecto.

Cabe entonces la pregunta sobre cómo se lee una obra de otro tiempo, cuyo objetivo no es alcanzar cierta neutralidad que le permita exportarse de su tierra y época tal como se piensa una obra que pretende universalidad, sino que justamente desea levantar las especificidades de sujetos y situaciones históricas determinadas, de esos elementos sicológicos y expresivos que precisamente los constituyen y caracterizan.

“LLAMPO DE SANGRE” Y LA INGENUA CLARIDAD.

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