UN CORREDOR SIN META / Claudia Carreño

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Hay películas con finales memorables, finales que casi hacen que uno olvide todo lo demás. Por lo general esos finales no son los que uno, identificándose con el personaje, habría querido. Son finales que te dejan en jaque, te interpelan, cuestionan o testean tus principios. La soledad del corredor de fondo (1962), dirigida por Tony Richardson, es una de esas películas, y para hablarles de ella comenzaré desde su prehistoria.

El guión fue escrito por Alan Sillitoe, basado en su novela corta honónima publicada en 1959, The Loneliness of the Long Distance Runner. Sillitoe, miembro del colectivo de escritores denominado “Angry young men”, ya había adaptado una novela un año antes. Saturday Night and Sunday Morning, inspirada en su padre obrero y publicada en 1958, fue llevada al cine por el director Karel Reisz en 1960. Dos años después, Richardson estrena la segunda obra de Sillitoe llevada al cine, aunque el director ya había trabajado años antes con un miembro de este grupo de escritores sensibles a las amarguras de la clase trabajadora y críticos del sistema sociopolítico. En 1956 Richardson adapta la ya clásica obra dramática de John Osborne Look Back in Anger (frase que décadas más tarde la banda Oasis parafrasearía para titular una popular canción), la obra comúnmente conocida como la más representativa de estos “Angry young men”.

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Eran tiempos de una opípara colaboración entre escritores y cineastas. Sin ir más lejos, el grupo de los jovencitos iracundos fue proclamado en 1956 mediante la lectura de su manifiesto en una jornada realizada nada menos que en el Instituto Británico del Cine, en donde se proyectaron las películas de cuatro cineastas emergentes: Lorenza Mazetti, Lindsay Anderson, Karel Reisz y Tony Richardson. Esta fructífera asociación evolucionó tan bien que dio origen a otro movimiento, el free cinema, siendo estos cuatro directores los miembros clave de un cine crítico de la burguesía, con un trasfondo de amargura e ironía, a la vez que tristeza ante la vida urbana mecanizada, el aislamiento individual y la falta de compromiso social.

Si bien en un comienzo este contenido de tintes políticos fue contado de manera realista, más cercano al neorrealismo italiano y al documental, el free cinema sí implicó experimentaciones formales, evolucionando desde el respeto absoluto por el hecho narrado, hasta el cine de ficción con empleo de efectos expresivos muy libres. No es por nada que al free cinema se le conoce popularmente como la nouvelle vague inglesa.

Entre estos dos movimientos cinematográficos se pueden encontrar paralelismos difíciles de pasar por alto, como es el caso de La soledad… con Los 400 golpes (1959) de Truffaut. Ambas tramas circulan en torno a sistemas educativos y correccionales públicos, en donde el castigo deviene antagonista del niño/joven héroe, cuyo objetivo es vivir y al hacerlo se mete en líos. Hay escenas de un parecido evidente, como la entrevista con el personal de la institución reformadora, en que los hacen asociar palabras libremente. Hay incluso una suerte de guiño: cuando Colin, el corredor de fondo interpretado por el actor Tom Courtenay, roba la caja de la panadería, a su amigo y cómplice se le ocurre robar algo que parece una máquina de escribir, pero Colin rechaza la idea aduciendo que se trata de un objeto muy grande.

Sin embargo, por similares que sean estas películas, hay elementos distintivos, y el de la película de Richardson es la carrera, el deporte, la historia de un pequeño delincuente que se convierte en atleta. En términos formales, la película nos cuenta una historia a través de flashbacks, los cuales resultan interesantes en la medida en que prestamos atención a los momentos seleccionados para transportarnos al pasado. La mayoría son escenas en que el personaje está entrenando. Hay algunas hermosas en que vemos a Colin a la distancia en plano general corriendo a campo abierto al son del jazz, o contrapicados en movimiento hacia los árboles, para luego pasar a la historia de cómo el personaje llegó al correccional. A las personas que tienen el hábito de correr pueden resultarles familiares estas transiciones, ya que es común tener una suerte de momento reflexivo mientras se corre.

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En nuestra familia siempre hemos corrido, sobre todo escapando de la policía, es difícil de comprender, sólo sé que hay que correr, sin saber por qué, por el campo y por el bosque y ser el ganador no es el final, aunque la gente te anime hasta quedarse sin aliento, así es la soledad de corredor de fondo.

Como propuse en un comienzo, lo notable de la película es el final.  El momento en que se ven los frutos del entrenamiento, cuando llega el día del campeonato. Te interpela, pues queremos por supuesto que gane Colin, corredor de clase obrera que se enfrenta con corredores de clase privilegiada. He aquí la genialidad de la historia, que se la debemos a Sillitoe, pues también queremos los privilegios pero “¿de qué lado estás?”, le cuestiona su amigo, o bien “¿qué te gustaría hacer?”, pregunta su novia, a lo que Colin responde: “vivir y ver qué pasa”. En este mundo de competencias y exitismo, correr sin una meta aunque la gente anime hasta quedar sin aliento a tenerla,  significa quedarse solo. No sólo su final es elogiable, su título también e igualmente se lo debemos a Sillitoe; no es por nada que el gran Chris Marker lo utilizaría más tarde parafraseándolo con La soledad del cantante de fondo (1974).

 

UN CORREDOR SIN META

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