LO AMATEUR EXISTE / Claudia Carreño G.

 

hotel

El hotel Tandil es un hospedaje ubicado en la Avenida de Mayo en Buenos Aires, un hotel decadente, de última categoría, en donde incluso han ocurrido crímenes; es el nombre también de la primera novela del cineasta y crítico de cine chileno, Andrés Nazarala, prosa breve que, tal como anuncia su contratapa, transita entre el ensayo y la novela.

Hotel Tandil (2019) es la narración de un atribulado cinéfilo con ínfulas de cineasta a quien se le nombra como “A” el cual, atormentado ante la precariedad de su situación económica y sus ganas de hacer cine, detiene el ritmo de su cotidiano en una especie de paréntesis, refugiándose en una habitación de este hotel para entregarse de lleno a divagar sobre sí mismo y sobre las formas amateur de hacer cine, y también a seguir a directores de cine B a quienes idolatra, quizá en busca de pistas para salir a flote de su crisis, de su autoexilio.

Dos niveles se distinguen en esta novela. Un nivel ensayístico, un tejido de asociaciones, anécdotas y reflexiones que dejan entrever la fascinación de A por la obra y vida de cineastas experimentales y/o amateurs, especie de anecdotario de alto nivel que nos hace recordar al siempre entrañable trabajo de Juan Forn en el diario Página 12. Es una mirada obsesiva propia de un coleccionista de datos rebuscados, que logra que lectores poco familiarizados con esta esfera del cine, se interese y disfrute con episodios de la intensa biografía de autores como Donald Cammell, Ron Rice, Iván Zulueta, Ed Wood, Pierre Clémenti y Timothy Carey (en la novela, todos ellos miembros del “Club del fracaso”).

En este nivel gozamos de pequeñas historias, en su mayoría sobre fatales desenlaces (suicidios, muertes prematuras, sobredosis), pero especialmente sobre vínculos notables. Como el de Cammell con Borges, o Cammell con Antonin Artaud, o Ivan Zulueta con Lou Reed, o Ivan Zulueta con Andrés Duque. O sobre episodios como el alcoholismo de Eugene O`Neill y su paso por Buenos Aires, o Ron Rice y el poeta-actor Taylor Mead en The Flower Thief (1960) a la que, como nos cuenta A, Jonas Mekas tildó de la película más loca que se haya hecho, un film en que se sigue a Mead, quien, tras robar una flor, deambula por el bajo mundo de San Francisco con la actitud humorística y desamparada de Chaplin y Buster Keaton.

Por otra parte, en Hotel Tandil aparece un nivel más personal que, a modo de diario de vida, nos relata los sinsabores de este potencial cineasta precozmente frustrado. A través de gatilladores como contactos telefónicos o mails, aparece un poco la vida personal de A, donde nos enteramos un poco sobre su ex pareja con quien tiene un hijo, además de recuerdos de infancia y amistades del pasado. Este nivel, me parece, no hace suficiente eco de nuestros tiempos, e impregna la novela de un cierto tufillo de autocomplacencia cuando inevitablemente relacionamos la crisis de A con su paternidad. Como miembro del precariado, esa categoría social que abarca casi todo el espectro de sujetos que quieren dedicarse al arte, me atrevería a decir que un drama implícitamente justificado o relacionado con la presión de la paternidad, suena un poco anacrónico. No quiero decir que esta problemática ya no tenga lugar, pero una trama inversa, basada en la imposibilidad (dada la precariedad) de traer hijos al mundo, tal vez habría resultado hoy más relevante.

Pese a esto, ambos niveles se intercalan y equilibran notablemente, sobre todo si ponemos atención a los puentes que se establecen entre uno y otro. Esto ocurre, por ejemplo, cuando A se contacta con Rick Schmidt, una especie de cineasta gurú-coach del manual de autoayuda para hacer cine, a quien A pide consejos. O cuando se encuentra con el legendario y polémico director argentino Raúl Perrone, con quien comparte cafés así como un rodaje.

Cabe señalar que, si bien por momentos –principalmente en el nivel ensayístico- se percibe una actitud grupi hacia estos cineastas malditos, esto se diluye cuando A entra en contacto con Perrone. Es más: se aprecia un claro gesto de valentía al describirlo como dueño de un ego desmedido, de galopantes contradicciones (sabemos que el autor colabora realmente con Perrone). En toda la novela, además, Nazarala consigue describir con talento personajes a través de situaciones, como sucede en el conmovedor capítulo Adiós a Poloski:

“Recibo un mail de Moisés Fierro. Me cuenta que está grabando un nuevo disco completamente solo, encargándose de todos los instrumentos. Agrega que a veces despierta deprimido. Me pregunta dónde estoy. Dice que sería bueno vernos.

Al final, como si fuese un detalle insignificante, agrega: “Encontraron muerto a Roberto Poloski. Se suicidó”.

(…) Antes dije que Poloski era una de esas personas que nunca concretaban un proyecto, pero ahora pienso que matarse no es un proyecto menor. De hecho, es el más valiente de todos. Lo admirable de tipos como Poloski es que, cuando perdemos las esperanzas de que logren algo en la vida, nos sorprenden con una obra magna que nos deja con un dolor imborrable en el pecho. Como cantaba Peter Laughner, ese ignorado genio proto-punk que murió borracho a los 24 años en la casa de sus padres: “A ver si puedes hacer algo tan absurdamente cruel como Sylvia Plath”.

El estoicismo que aquí se aprecia es propio del lúcido que resiste, que resiste porque su lucidez le permite tener la convicción de que el mundo es el que está mal, es injusto, feo y despiadado. Esa lucidez permite ver belleza en esos seres arruinados, fracasados como el propio A. Pero al mismo tiempo, se trata de la lucidez que comprende que esa presión ejercida por la sociedad para que seres como estos se adapten, es justamente el prisma por medio del cual lo amateur existe.

 

Hotel Tandil (2019), de Andrés Nazarala

Editorial Hueders

146 pags.

LO AMATEUR EXISTE – CRÍTICA A “HOTEL TANDIL”, DE ANDRÉS NAZARALA

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