RETRATO DEL ARTISTA CONVENCIONAL – CRÍTICA A “EL ESTRENO”, DE ALEJANDRO FERNÁNDEZ ALMENDRAS / Gonzalo Abrigo

RETRATO DEL ARTISTA CONVENCIONAL  /  Gonzalo Abrigo

afiche

Según se informa, en la última película de Alejandro Fernández Almendras, la producción es compartida entre República Checa, Corea del Sur, Chile y Francia. El título original en checo es Hra, que significa obra de teatro. En inglés se tradujo, sin variantes, como The Play, pero en español, mucho menos literal, quedó como El estreno. Checo es el idioma original de esta historia que ocurre no en Praga sino en una ciudad  discreta, de calles semivacías y hoteles de arquitectura modernista.

Fedra, en la versión de Miguel de Unamuno, es la pieza dramática que el protagonista de esta película, Petr, un joven director de teatro (Jirí Mádl), busca llevar a escena. No es fácil: conseguir una actriz que repita su parlamento como verdadera estatua griega se torna un obstáculo, una autoridad local se da el lujo de censurar el contenido de la pieza, y, lo más relevante para el sustento estructural de esta historia, el matrimonio del ya agobiado director atraviesa por una aguda crisis. El novel artista finalmente consigue actriz para su representación, la coqueta Karolina (Elizaveta Maximová), con la que muy pronto se enredará en un affair que, como suele ocurrir, transitará por la delgada línea que separa lo sentimental de lo puramente sexual.

Acompañada de un argumento con algo más de nervio, la exquisita fotografía blanco y negro de Inti Briones habría hecho algo más que lucir por sí misma los escenarios tanto interiores como exteriores de un mundo afectivo abandonado demasiado a la suerte de los violines de Shostakovic o los pianos de Schubert. En otras palabras, el b/n no basta para homenajear a la nueva ola checa de glorias como Menzel o Forman. Pues esta saturación de piezas clásicas ejercida por la banda sonora durante la hora y media de película, fuera de bordear la siutiquería europeizante, devela precisamente en qué medida el guión de El estreno se despeña pronto hacia el cliché de coitos con fondo de sonatas y frustraciones masculinas de pataletas y conchos de carménère de emergencia.

Queda claro que el dramaturgo es condenado por sus propios actos fallidos: Fedra resulta un bodrio que recibe el desprecio de la audiencia y hasta su elenco es capaz de poner en evidencia al artífice del desastre escénico, enrostrándole su completa responsabilidad en el fiasco. Sin embargo, el final, cargado de la moralina más clásica, parece culpabilizar a la tentadora Karolina de las trizaduras narcisas de Petr, cuya recomposición parece solo residir en un regreso a la paternidad responsable y al canje del divorcio por la bendición que parece significar un hijo. Lamentablemente, todo este dramón de alta cultura resulta asaz exagerado para una obra montada en una ciudad de provincia, cuya población difícilmente podría estar preocupada de las barbaridades que pudiese o no estrenar el teatro local.

Por qué es Fedra y no otra la obra que Petr persigue estrenar, cómo solidariza esta pieza con el resto de la historia, es algo que queda curiosamente en suspenso. Unamuno, a quien Petr compara con Kafka, evidenciando de paso su completo snobismo literario, buscó en esta versión del clásico griego, según sus propias palabras, “cristianizar” una tragedia donde lo que está en juego, recordemos, es el peligro que envuelve trasgredir la convención, donde la pasión incestuosa de Fedra por su hijastro Hipólito la conduce al desfiladero del suicidio. Claramente el poncho le queda grande a un personaje que, justo en el momento que atraviesa, bien habría hecho en tomarse el año sabático para resolver una vida íntima más bien plana, que no ofrece más rollos que los propios de profesionales jóvenes heterosexuales que deciden casarse y tener hijos. Nada más convencional que las desdichas de este artista joven. Y es precisamente esta convención la que pareciera querer narrar El estreno, como si lo que verdaderamente se estrenase aquí fuesen las cuitas de un hombre de escaso carácter ingresando por vez primera en el circuito adulto, con todos sus infiernos, como decía Onetti, tan temidos.

Baste tener en cuenta, para no ir tan lejos, el reciente estreno Netflix Marriage Story (2019), o si se quiere ir lejos, la joya de Cassavetes Opening Night (1977), para percatarse que existen niveles importantes a considerar cuando se trata de ahondar en los vaivenes emocionales de un director de teatro; más aun, se podría pensar, en los de uno que pretende lidiar nada menos que con las fatalidades de la tragedia griega.

Aparte del siempre impecable trabajo de Briones, tal vez lo más rescatable de la película del director de Mi amigo Alexis (2019), sea la estructura en actos que posee el guión, con prólogo e interludio incluidos, que segmentan la narración con relativo rigor, otorgándole cierto ritmo folletinesco que el espectador, entre tanta partitura docta, agradece y puede ir acomodando con alguna entretención. Sin embargo lejos, cada vez más lejos parece estar Fernández Almendras de la sencillez y potencia narrativa de Matar a un hombre (2014), donde la pretensión parecía pertenecerle, por ese entonces, a otros cineastas de mucho menos talento.

El estreno

Director: Alejandro Fernández Almendras

País: República Checa, Corea del Sur, Francia, Chile.

2019

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