PACTO COMERCIAL / Gonzalo Abrigo

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Historias sobre la vida en prisión el cine las ha contado prácticamente desde los inicios. Gente como LeRoy, Curtiz o Hawks en la década del ‘30 contribuyeron tempranamente a ese imaginario carcelario desarrollado por el celuloide norteamericano que series contemporáneas como Orange Is the New Black y otras siguen cultivando con éxito. Realizar una película que transcurre dentro de una cárcel significa a estas alturas ingresar a un género. Y cuando la fuga misma constituye el centro de la historia, tendríamos que hablar, dada la oferta, de un auténtico subgénero.

El argumento de Pacto de fuga de David Albala, película rodada en La Serena y Buin, se relaciona con el espectacular episodio ocurrido en enero del año 1990 en la cárcel pública de Santiago: la fuga de 49 reos, miembros principalmente del FPMR y del PC, que por casi seiscientos días cavaron un túnel de alrededor de 60 metros sin levantar sospecha alguna por parte de gendarmería. La “Operación Éxito”, como le llamaron, se concretó también gracias al apoyo logístico externo de familiares, amistades y colegas de militancia.

La película exhibe el plan desde el día uno, cuando este conjunto de presos políticos son separados de los reos comunes y agrupados en una sola sección. Concretada la mudanza, el plan comandado por León Vargas (Benjamín Vicuña) y Rafael Jiménez (Roberto Farías) consiste básicamente en abrir un conducto subterráneo lo suficientemente extenso como para llegar a una zona segura de salida. Las toneladas de escombros obtenidas desde la excavación son escondidas por turnos en el entretecho de la prisión.

Digamos que la película de Albala funciona correctamente dentro del registro tradicional de largometrajes de entretención para el gran público, pues sumerge dentro del submundo del presidio y persuade al espectador con la épica del escape. Contiene además todas las figuras que solemos encontrar en el subgénero: los héroes, el soplón-traidor, mujeres leales a la causa, el sadismo de los carceleros, también su necesaria capacidad distractiva. Sin embargo el gran problema de Pacto de fuga es su ambigüedad con respecto al referente. La película dice “inspirarse” en hechos reales, como si evitara “basarse” en ellos. Esta ambigüedad resulta decidora.

Todas las películas más o menos relevantes que podríamos considerar al respecto, se  basan en libros autobiográficos o novelas que a su vez fueron inspiradas por eventos históricos. Mientras The Great Escape (John Sturges, 1963) se basó en la no ficción de Paul Brickhill, la famosa Papillon (1973), con guión de Trumbo, debe su origen al best seller autobiográfico de Henri Charrière (existe remake del 2018). Escape from Alcatraz (Don Siegel, 1979), acaso la más célebre, tomó como punto de partida igualmente un relato de no ficción, en tanto que Alan Parker consideró la autobiografia de Billy Hayes para su Midnight Express (1978). Las memorias de André Devigny sirvieron a Bresson para Un condamné a mort s’est échappé (1956), la impresionante Le trou (Jacques Becker, 1960) adaptó la primera novela del escritor de novela policial José Giovanni, mientras que una novela corta del incombustible Stephen King fue lo que permitió a Frank Darabont estrenar en 1994 su The Shawshank Redemption (en ella el presidario cubre el agujero en su muralla con afiches de Rita Hayworth, Raquel Welch, Marilyn Monroe; en Pacto de fuga, los frentistas disimulan el forado que conduce al entretecho con un póster de una modelo en bikini tipo Bomba 4).

A pesar que existe un texto publicado sobre la operación, Fuga en Santiago. Escape desde la Cárcel Pública, que según se dice interesó a más de algún productor cuando se publicó originalmente en francés (2009) y luego en español (Editorial Ceibo, 2015), la investigación previa de Pacto de fuga parece haber echado mano a diversas fuentes. Desde luego nada obliga al guión adaptado, sin embargo en este caso, construir el relato “inspirándose” en hechos reales, resulta al final en una ficción que queda presa entre el intento de fidelidad a la realidad y la lealtad a la fórmula para conseguir un producto de corte netamente comercial. La película se asfixia en ese doble compromiso, al punto en que la sustancia histórica llega a parecer prescindible. ¿Es esto diferente a lo que pudo haber ocurrido con Papillon o el clásico de Siegel? Tal vez no. El problema es que, a diferencia de Pacto de fuga, aquellas antepusieron sin ambages el relato hollywoodense. La indecisión de la que adolece la película de Albala radica en que aquí no se trataba de cualquier escape.

No son presos comunes quienes consiguen fugarse sino políticos (y no de guerra como en el clásico de Sturges), por lo tanto lo que ocurre a los protagonistas guarda directa relación con la compleja situación del país por esos años. El retrato de esa complejidad queda, lamentablemente, atorado por la convención, desplegado de manera superficial. Por ese entonces, en esa cárcel hay condenados a muerte (cuando aún estaba vigente en Chile la pena capital), encerrados por el atentado a Pinochet, por la internación de armas de Carrizal Bajo, etcétera. Además, allí dentro conviven miembros de diversos grupos (MIR, PS) cuyas visiones ideológicas lejos estaban de ser homogéneas. Más aún: quienes idean la fuga, son personas que en ese entonces siguen confiando en la vía insurreccional antes que en la institucional –que mientras tanto afuera se cocinaba– para poner fin a la dictadura. Es decir, la realidad ofrecía relieves que la película, dados sus compromisos, apenas pudo utilizar como elementos casi puramente decorativos.

Cuando pareciera adentrarse en estas cuestiones, el guión se frena dando paso a la obviedad: el choque violento entre presos y gendarmes, la representación insípida del tiempo transcurrido, el retrato caricaturesco de las nefastas autoridades de la época; todo esto contra fondos incidentales de charango e himnos del ‘70/‘80 otra vez de moda hoy tras los eventos de octubre (un subversivo, por supuesto, no podría escuchar Soda Stereo o Yuri). ¿Cómo se explica que en una escena los reclusos desprecien el plebiscito y meses más tarde se exciten ante el triunfo del No? Pacto de fuga, en ese sentido, pretende abarcarlo todo, pero en ese afán acaba por levantarse su propia prisión, hecha de grilletes de actuaciones discretísimas y diálogos amordazados por la receta a la que recurre.

Con todo, Albala demuestra poseer herramientas para dirigir una película comercial que funcione con la efectividad que requiere esta clase de emprendimientos. Parece dominar en buena medida el código. Solo que embutir la memoria histórica dentro de este corsé, resultó contraproducente para sus propios objetivos, y, en lo que ciertamente es más complicado, un riesgo casi moral para con la historia y la comunidad. Como si “inspirarse” librara del excesivo compromiso que podía suponer “basarse”, dándose permiso de este modo para tomarse todas las licencias marqueteras del caso, Pacto de fuga termina resultando anodina como contribución a la discusión sobre el sensible pasado reciente. Los pactos comerciales poseen estos riesgos. Y el cine chileno, nuevamente, no está exento de ellos.

Pacto de fuga (2020)

Director: David Albala

País: Chile.

 

PACTO COMERCIAL – CRÍTICA A “PACTO DE FUGA”, DE DAVID ALBALA

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