PACO VAMPIRO – CRÍTICA A “LA CASA”, DE JORGE OLGUÍN/ Gonzalo Abrigo

la casa

Como se sabe, Jorge Olguín debutó con notoriedad a comienzos de siglo como el único cineasta local cultivador del género horror. Sus películas eran, bajo distintos ángulos, insatisfactorias (Ángel negro, Sangre eterna, Solos) pero aun así consiguió lo que pocos: llevar a salas una nada despreciable cantidad de espectadores hambrientos de víscera chilena, vampiros autóctonos, psychokillers y zombies alzados desde los huertos comunales. El mejor aliado del atrevido director, por ese entonces, fue el voyeurismo nacionalista, o sea cuánto miedo podían gatillar los cuadros de nuestras propias abyecciones, si acaso podían ser tan temibles como las norteamericanas, italianas o japonesas. En ello había un ramalazo de originalidad.

Tras Caleuche (2012) y Gritos del bosque (2014), largometrajes que echaron mano con escasa claridad conceptual al voltaje sobrenatural que podía aprovecharse, respectivamente, del repertorio de leyendas criollas y el acervo fabuloso mapuche, Olguín retorna esta vez con La casa, relato construido a partir de una suerte de mito urbano como extraído de estas crónicas sobre el Chile ignoto tan pirateadas hoy y que tiene en Baradit a su más caro representante. Acontece este asunto tenebroso en una vieja casona pintoresquista de la Quinta Normal, propiedad con antecedente de rancias alcurnias, gobernada por lo paranormal y todos esos poltergeist con los que la tv de cuando en vez lucra ofertando programas basura (aunque morbosamente entretenidos), y que un psicoanalista definiría con escepticismo austriaco como el incipit de lo siniestro por efecto de un duelo no resuelto.

Una casa embrujada pues, con arquitectura por cierto de casa embrujada, los fantasmas y sus inoportunos ruiditos molestos, los malévolos espectros, la desventura del “sujeto normal” que tiene la mala fortuna, cualquier noche, de ir a parar allí dentro. Minutos antes de recurrir al truco ahora esparcido del “filmado en tiempo real”, la película comienza con la recreación del archivo de prensa que ancla el relato a la microhistoria patria, como para que sepamos de entrada, enfáticamente, que la casa existe, que lo que veremos le pudo ocurrir al vecino, que estos esperpentos que vinimos a atestiguar poseen domicilio conocido. Solo que el “sujeto normal” que pone su pie en la propiedad es nada menos que un suboficial de carabineros.

Lo de Olguín no arranca mal. Estamos en 1986 y al tipo de verde (Gabriel Cañas) se le ve visiblemente acongojado hablando con una mujer por teléfono público. Algo ella no le perdona, algo que no sabemos aún pero que no es difícil conjeturar. Está de turno este paco desesperado (bien en eso Cañas) y, una vez en su radiopatrulla, recibe la instrucción que lo comanda a verificar movimientos sospechosos en una casa cuando ya corre el toque de queda. Tras arribar a la dirección señalada, baliza tornasolando el tétrico portón de hierro, poco rodeo hay antes que los fantasmas declaren, con sus malos modales habituales, que ya están aquí.

De ahí en más, la película es, en gran medida, todo lo imaginable. Arriagada, el uniformado, es acechado dentro de esta Amityville santiaguina por cuerpos de tez lívida y rastros sanguinolentos que, tal como la atracción de Fantasilandia, así como de la nada surgen, a la nada vuelven para extrañeza exclusiva del solitario policía. Pues La casa escasamente consigue el objetivo primordial del género: provocar terror. En vez de eso, y más vecina al thriller, lo que suscita es algo de suspenso, algo de curiosidad. No solo debido a las artesanías a las que obliga el bajo presupuesto, sino a que el guión parece tener otra agenda, o al menos una paralela, capitaneada por el karma de su personaje protagonista.

Un director que algo sabía del género, John Carpenter, decía que existen dos clases de películas de horror: o la fuente del miedo proviene de los otros, o del propio corazón. Y lo que vemos en La casa es que aquella otredad amenazante a la película, en el fondo de los fondos, le importa mucho menos que lo que acontece con el pavoroso demonio interior. Esta casa efectivamente, como diría cualquier psíquico versero, está cargada, pero el asunto es que el auténtico peso de este cuento lo lleva muerto el suboficial dentro de sí.

El corazón desalmado del funcionario garante de los designios dictatoriales se revela en una de las oscuras habitaciones: oficina llena de archivadores y somier que en realidad es una parrilla, ese aparato hechizo de tortura que con obsceno detalle describió alguna vez el pantagruélico guatón Romo, monstruo nativo de hueso y sobre todo carne cuya educación sentimental completó, en mala hora, la Dina. Pero esa es otra historia. O tal vez una parecida: el verdadero engendro de la película acaba siendo el sujeto normal, el agente estatal, el uniformado –dirá él– que se limitó a obedecer órdenes. El que no salta es Arriagada, podrían los espectros, con toda legitimidad, ponerse a corear; eso macabro que lo acosa no es sino cosecha de su propia barbarie.

Haciendo vista gorda a cuestiones técnicas que ciertamente su director pudo manejar con algo más de cariño (la irregular pista diegética, por nombrar una, no así el correcto score), se podría afirmar que el discreto encanto de La casa radicaría en que, con todas las limitaciones inherentes, configura un relato que pareciera querer abrirse paso, un poco a tropezones alegóricos, desde las cloacas menos aromáticas de la memoria nacional. Pues que esta película, por muy B que sea (o quizá por ello mismo), aparezca justo en temporada alta del Estado policial, sin oportunismo mediante, no deja de tener algo, si no sintomático, al menos intuitivo. Tampoco es primera vez que cultores del género a nivel local apelan a estos horrores (Trauma, de Lucio Rojas es otro ejemplo), así que digamos que si el río suena es porque monstruos trae.

Trascendidos los códigos inevitablemente heredados, quizá esta particular veta audiovisual chilena todavía no sabe del todo bien que ha encontrado un manantial inagotable en las escabrosas tramas tejidas históricamente por las instituciones estatales. Esto no es poco decir. Pueden los cooptados zombies de la era posthumana seguir azotándose contras las secuoyas de los bosques de California, pues aquí el miedo provendría nada menos que de los agentes de la normalidad. Pero esto ya suena, peligrosamente, a realismo. La posta del desafío en ese caso tendría que pasar a los guionistas. Y es precisamente en el guión donde Olguín, no solo ahora, queda al debe. Intuición y atrevimiento no bastan para sacar adelante una ficción destinada a remover nuestras propias ansiedades, aunque, indudablemente, siempre pueden permitir su estreno.

La casa (2020)

Dirección: Jorge Olguín

País: Chile

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