INFORME PARA UNA GUERRILLA – CRÍTICA A “MONOS” DE ALEJANDRO LANDES

INFORME PARA UNA GUERRILLA -CRÍTICA A “MONOS” DE ALEJANDRO LANDES  /  Gonzalo Abrigo

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Wilson Salazar, alias El enano, ingresó a las Farc para intentar vengar el bestial asesinato de su padre. Trece años pasaron antes que decidiera desmovilizarse en el 2015 y de ese modo iniciar su proceso de reintegración. Apenas once tenía cuando se hizo parte del grupo guerrillero al cual se le atribuye haber reclutado por lo bajo cerca de cinco mil menores para su causa. Ahora que los acuerdos de paz han sido negociados con túnicas blancas, y tras nunca haber dado con los autores del crimen, alguien como Salazar puede incluso llegar a actuar en una película. En Monos (2019) de Alejandro Landes, encarna al instructor de ocho adolescentes que abastecidos de sofisticado armamento conforman una facción perteneciente a lo que ellos mismos llaman la Organización.

La historia comienza con un partido de fútbol jugado a ciegas donde el paisaje es protagónico. Ejercita el instinto esta célula radical y Jasper Wolf captura por primera vez, en el cinemascope de su estilizada cinematografía, el remoto e inaccesible páramo de Chingaza, casi tocando las nubes azules de la cordillera Oriental. Chicas y chicos de apodos algo paródicos (Leidi, Patagrande, Rambo, Bum Bum) se entrenan, cultivan el físico, hacen capoeira, se divierten y mantienen en forma de manera maníaca tal como Alex Owens en Flashdance, acá sometidos al tempo de sintetizadores distópicos. Todo es cuerpo contra la sublime bruma de los Andes colombianos. La montaña refugia a este pelotón privilegiado por su régimen disciplinar laxo, pues la autoridad representada por el pigmeo instructor (o Mensajero, como le llaman) peca de esporádica, y de ese modo tanto erotismo como experimento, tópicas claves adolescentes, afloran con licencia. Una vaca lechera, por contraparte, no soporta tanta disipación: cuando al juvenil escuadrón se les muere Shakira –bovina figura materna– sabemos que el autogobierno entró en crisis.

Pese a su obligado marco de lectura, antes que en la alegoría de la derrota Monos se concentra en realizar una versión de la edad, su propio drama coming of age. Sabemos que la espiral centrífuga de la adolescencia siempre arremeterá con sus transgresiones epocales, queriendo cortar la alambrada de turno, sin embargo Colombia y su historia de violencia resulta un verosímil demasiado presente como para evadirlo por mucho tiempo con viñetas meramente sensoriales propias del cosmos entrópico configurado por estos soldados primitivistas. De modo que cuando los bombardeos del enemigo arrecian, la película también se interna en la zona hiperreal, esa trinchera indiferente a las frivolidades de tríos queer o al viaje con setas alucinógenas. Asegurar el cautiverio de una gringa a quien llaman doctora (Julianne Nicholson) constituye la misión de estas crías sectarias. También el pragmático salvoconducto del guión.

Tras cuarenta y tantos minutos de montaje sobresaliente, Landes ahora nos obliga a la esperable locación selvática, corazón latino de tinieblas. Nuevamente la naturaleza del continente gana el casting y obtiene el rol que mejor interpreta y que hemos visto antes en notables miradas europeas como Aguirre, la ira de dios (Werner Herzog, 1972) o La misión (Roland Joffé, 1986). Hostigoso obstáculo este de la espesura latinoamericana; bien supo von Humboldt que fácil no se deja explorar. Así el escenario conspira para que rápido advenga la descomposición, las traiciones, las fugas, la persecución en un territorio visual proclive a las citas: una totémica cabeza de cerdo recortada del reino de Lord of the Flies, la noche selvática evoca el fresco alucinatorio de Coppola padre, mientras que la desesperanzadora Idí i Smotrí (Come and See, 1985) de Elen Klímov parece contribuir con su fórmula para maquillar paisajes de guerra con el estuco de cuentos sobrenaturales.

Como si hubiese quedado cojo con el puro aroma de este espíritu adolescente en tenida de combate, el guión de Monos, co-autoría de Landes y el argentino Alexis Dos Santos, más allá de su elocuencia estética, parte en su segundo tiempo a ser una historia recurrente. El género acción irrumpe de manera espectacular, recordándonos osadías directoriales alguna vez obtenidas por Cimino o por el John Boorman de Deliverance (1972). Bien por Landes y la capacidad de su equipo, pero no tan óptimo para un relato que parecía proponerse como algo más que una fábula domesticada pronto por el conflicto central. Cualquier pubertad es frágil –pareciera a la larga repetir esta historia como han repetido decenas– y sin una cabeza que la vigile con el látigo, siempre se puede desbandar y de paso engendrar a ese líder que no ambiciona otra cosa que la autonomía sanguinaria y tribal.

Que la ciudadana extranjera consiga emanciparse y el rostro de la deserción no sea otro que el andrógino de Rambo (Sofía Buenaventura), ubica finalmente a Monos en una compleja situación con respecto a su lectura del proceso colombiano. Si el fracaso de la Organización pasa por una incapacidad pueril de mantener vigentes sus dispositivos de control así como por falta de sintonía con ese mundo afectivo al que Rambo comienza a volverse emo y vulnerable, el cuadro final resulta pesimista y sin solución aparente. El afuera a la barbarie es representado por un helicóptero de una fuerza aérea que sobrevuela la “civilizada” urbe y que lleva dentro un trofeo de guerra al que, podemos apostar, tampoco comprenderá desde la ternura.

Por esa razón resulta interesante que el director de Monos haya decidido que Wilson Salazar, ex guerrillero-niño de las Farc, podía integrar activamente el elenco de su producción. Ese fuera de campo, en este caso particular, como exterior anecdótico, posee a la larga resonancias más potentes que la pretensión alegórica que gobierna al propio artefacto audiovisual. Otra película que acaso filmó Landes sin hacerlo, pues Monos, curiosamente, resuelve en su making-of lo que se niega a resolver dentro de la ficción. “No quería libertad. Solamente una salida; a derecha o izquierda, a cualquier lado”, decía el simio de Kafka en ese perfecto cuento nihilista en que informa al mundo académico de su nueva vida en la cultura. Y probablemente en esa actitud se cifre lo que podamos ver en esa escena que sigue a cualquier extenso periodo de oscuridad. O leer en esa página de la historia colombiana pendiente aún por escribirse.

Monos (2019)

Director: Alejandro Landes

País: Colombia.

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