LA PATRIA ES MÁS FUERTE – CRÍTICA A “LOS FUERTES” DE OMAR ZÚÑIGA

LA PATRIA ES MÁS FUERTE – CRÍTICA A “LOS FUERTES” DE OMAR ZÚÑIGA / Gonzalo Abrigo

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Un joven arquitecto, Lucas, llega a la casa de su hermana poco antes de viajar por asunto de una beca a Montreal. Ella vive cerca de Valdivia: tenue luz solar, lluvia, vegetación, paisajes costeros. Allí Lucas (Samuel González) conoce a Antonio (Antonio Altamirano), joven que trabaja en la pesca. Eventos sociales: una escena teatral, un partido de fútbol en el bar, el clásico bingo bailable. Los jóvenes se enganchan, resintiendo de paso al colega pescador con el que Antonio pudo haber tenido algo. Pueblo chico: todo se sabe, todos se conocen. El affair toma cuerpo, Lucas y Antonio pasan noches y días. Paseos, conversaciones, sexo: prácticamente sin sobresaltos. El momento de la separación se aproxima. Lucas ofrece a Antonio venir con él a Montreal pero Antonio no acepta la propuesta. Alguna que otra discrepancia, una que otra mala cara. Finalmente se despiden en buena, Lucas parte a Montreal y la película termina. Su hermana, de paso, recompone la relación con su conviviente que, justo en este periodo, no pasa por su mejor momento: equilibrios reestablecidos. ¿Hay una historia?

El título de Los fuertes, largometraje de Omar Zúñiga, proviene de una especie de ritual que abre la película y que resurge en más de una ocasión. El joven pescador, disfrazado de soldado chileno independentista, participa de la representación de una batalla entre españoles y el ejército patriota en una de las tantas fortalezas emplazadas en la bahía de Corral, realizada con regularidad para satisfacción de los turistas. Siguiendo el realismo que se propone, cuesta imaginar que alguien que, como se muestra más adelante, escucha a Paulina Rubio y tiene a Lemebel de lectura de cabecera, continúe pasados los veinte o treinta vistiéndose de militar dieciochesco, desenvaine y realice la mímica de una lucha cuerpo a cuerpo solo por continuar una tradición de manera irreflexiva. Pero esto pronto se comprende, en la medida en que Los fuertes en su conjunto se demuestra paradójicamente débil para resistir el campo gravitacional de esa misma tradición.

Lo de Zúñiga alcanza a fluir en términos narrativos, goza tímidamente, gracias a su correcto montaje y fotografía, de una ordenación, solo que antes de los 15 minutos sabemos exactamente todo lo que puede pasar en la hora y veinte que resta, dejándonos en las ascuas de pensar si acaso podría esta historia ofrecer algo más. Diálogos parcos y prolongados silencios que casi no revelan ni cifran nada, se suman a esa contención que quisiera tener el efecto de contar un cuento sin apenas contarlo, pero el resultado no es minimal sino que flojo y lo cierto es que casi nada se cuenta jamás. Análoga a la chilena En una escala de grises (2015) –donde igualmente un arquitecto protagonizaba una relación homosexual–, Los fuertes peca de pretenciosa, o esconde, bajo el subterfugio de la historia mínima y la introspección, la flagrante incapacidad para desarrollar alguna espesura audiovisual. Este realismo sin órganos, vuelto un tic en el cine chileno y latinoamericano de las últimas décadas y que ha intentado identificar –sin éxito por suerte– cine no comercial con cine tedioso, posee al menos la virtud de evidenciar con claridad su conservadurismo intrínseco, incluso cuando sus tramas parecieran distanciarse de aquello.

Cuando Lucas ofrece a Antonio seguirlo a Montreal, el pescador se ofende y acusa a Lucas de creer que su vida está por sobre la suya. En otra ocasión Antonio tildará a Lucas de niño cuico. Curioso, pues ambos personajes están caracterizados como de la misma clase social, no se aprecian diferencias en los modos, la expresión, menos en vestuario ni en la manera de desenvolverse en la vida cotidiana. Quien hace de pescador, de hecho, parece estudiante de arquitectura, y quien hace de arquitecto podría perfectamente subirse a una barcaza para trabajar la reineta. No se trata de apelar a estereotipos de teleserie, pero el joven Antonio, que más bien parece emprendedor hipster a cargo de un food truck que expende comida tai, se identifica como de clase inferior a la de su querido, en un intento sumamente artificioso de forzar un conflicto de clase inexistente, considerando que durante toda la película han compartido códigos, frecuentado los mismos bares, sentado a las mismas mesas, reído de lo mismo.

Si consideramos esta teatralización de historia patria en la que el pescador toma parte, se podría pensar que Los fuertes aborda una especie de romance entre lugareño y afuerino, entre mundo provinciano y citadino, entre el hombre de pueblo y el joven profesional inserto en lo global. En ese caso habría que decir que mientras el local abre su biografía a la visita, la visita se mantiene en un lugar de reserva sistemática, casi fantasmal, donde apenas sabemos que sus padres no aprueban su sexualidad, y que su hermana dentista tuvo un desliz con el médico del pueblo. De este modo la vida del arquitecto se sustrae para dejar espacio a la biografía del local (sus paisajes, su fauna, su zona), en un gesto narrativo claramente neocostumbrista. En lugar de a su caro Lucas, a quien debió encarar este joven pescador fue al guionista, que lo sometió a un rol tradicional, objeto etnográfico en la croquera de su enamorado.

Sin entrar demasiado en el nicho del cine LGBT, importa detenerse en la representación del romance homosexual. En Los fuertes la relación entre Lucas y Antonio pareciera no tener demasiadas complicaciones con el juicio social en un mundo provinciano de labores regidas tradicionalmente por el machismo. No es el tema de la película, y eso podría verse como un acierto del guión, sin embargo tras esta observación lo que cabe preguntarse es cuál es el tema de esta película(!). Si esta historia fuese la de un affair hétero, la evaluación sería idéntica: insípida historia de amor de verano en el sur de Chile. En ese sentido, Los fuertes no plantea ninguna pregunta (pues tampoco su asunto es precisamente la normalización), ningún conflicto de manera abierta y este freno de mano acaba resultando conservador. Una veta interesante que apenas queda sugerida es la figura del segundo pescador, quien es padre de familia, y que entra en crisis ante el distanciamiento de Antonio por causa del forastero. Pero Los fuertes prefiere centrarse en la pareja (la infidelidad de la hermana de Lucas refuerza este foco), en el tópico del romance interrumpido por el viaje inevitable, etcétera. Para citar ejemplos cercanos en el tiempo, en la británica God’s Own Country (2017), la relación entre los protagonistas, además de estar sometida a una vigorosa caracterización, está jalonada por temas generacionales, migratorios, de trabajo y relación con la naturaleza de un modo que trasciende el conflicto parejístico. En la premiada Call Me by Your Name (2017), acaso más convencional pero de vitalismo extraordinario, el romance entre dos hombres tiene que ver menos con una imposibilidad social que con el despertar del entendimiento del mundo y de los caóticos pero felices vaivenes de la adolescencia.

La gran tranca del cine chileno, en general, es su incapacidad para retratar el mundo de los afectos de cualquier sexualidad. Si no se trata de contingencias socioculturales, le suele resultar en extremo difícil capturar con imágenes en movimiento este veleidoso lugar. Tal vez en el caso de Los fuertes Omar Zúñiga se propuso y quiso limitar al fresco emotivo en un periodo acotado de tiempo. Sin embargo lo que resultó no fue otra cosa que un pálido drama del tipo chico conoce a chico mientras la bandera chilena, tras la batalla, vuelve a ser izada “allá arriba en su mástil” como escribió Elvira Hernández, y a flamear, callada, reeditando la patria. Y esta es, si es que la hay, de nuevo en una sala de cine nacional, la historia.

Título: Los fuertes (2019)

Dirección: Omar Zúñiga

País: Chile.

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