EL CUIDADOR DE SUEÑOS

EL CUIDADOR DE SUEÑOS / Claudia Carreño G.

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Flanqueada al noroeste por una serie de colinas, en Belfast circula el rumor de que Swift imaginaba la forma de un gigante dormido protegiendo la ciudad y que Los viajes de Gulliver provienen de esta imagen soñada por el escritor. Belfast también está localizada al oeste del lago homónimo, y en ella se encuentra la desembocadura de río Lagan, zona ideal para la industria naval; en el año 1912 fue construido allí nada menos que el Titanic. Más allá de estas famas, el documental El librero de Belfast (2013) dialoga sutilmente con estos imaginarios: «He filmado Belfast sin filmarla. He contado la ciudad a través de sus acogedores cuartos de estar, de las habitaciones de los adolescentes, los salones de los peluqueros, los locales nocturnos pasados de moda. Partiendo de la vida privada de las personas, de las cosas más simples de su vida cotidiana he tratado de reconstruir la geografía de una ciudad que ha vivido la guerra», comenta su directora Alessandra Celesia.

Un rapero cubierto de cicatrices, un punki disléxico amante de la ópera y una joven que sueña con ser cantante nos regalan aquí un trozo de sus vidas y algunos de los momentos que comparten con un hombrecito flaco, sabio y generoso llamado John Clancy, conocido por todos como John el librero. Las vidas de estos irlandeses se cruzan sin necesidad de explicar la relación existente entre ellos. Ficcionada o no -tal vez vecinos, tal vez amigos, quizá parientes, da igual- lo que se deja ver basta: la ternura del cuidado, de los consejos sinceros, del apoyo, de compartir la pasión por un oficio. Los cuatro aman lo que hacen y eso que hacen lo hacen con dedicación justa, sin llegar a caer en el doloroso rigor del profesionalismo, sin que sus pasiones lleguen a transformase en sufrimiento.

La película abre con John reparando un libro mientras le habla como si fuera una criatura, un hijo a quien está curando, para pasar luego a una conversación que sostiene con la chica aspirante a cantante, quien, de los tres jóvenes, es la que más se inclina a caer en la ansiedad por el éxito. Luego que comparten un almuerzo, el librero le dice que, si disfruta lo que hace y si lo hace con el corazón, no tiene que preocuparse sobre cómo va a terminar, que él estuvo en el negocio de los libros por más de cuarenta años y que no lo hizo para ganar una fortuna, y que ya jubilado sigue trabajando porque le encanta, que sigue comprando libros, aunque la mayoría son para regalarlos.

Más tarde la aspirante entra a un concurso de talentos y debe viajar a otra ciudad para la final televisada, un paso que a los ojos del librero de Belfast puede significar una desgracia. Desde la distancia, sin molestar, el librero ve el peligro de las ilusiones perdidas. Se preocupa tal y como lo hace con sus parientes en Japón y Hawái, a quienes llama por teléfono tras enterarse de un posible tsunami. Para John, este tipo de instancias competitivas podrían significar una catástrofe de igual magnitud: de perder o ser duramente criticada por los medios, esto podría acabar con sus sueños.

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De alguna manera, este señor pudo haber anticipado el destino del Titanic. “Nunca le quites a un hombre sus sueños o le quitarás una parte de su alma”, le dice a Robert, el tímido punk, cuando este último le cuenta que quiere ser vaquero, tener un rancho, montar todo el día arreando al ganado, beber whisky alguna noche, y otras volver al pueblo con un bandido a cuestas, para cobrar la recompensa. Más tarde John le pasa un libro de historias del oeste que el joven lee con dificultad dada su dislexia.

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Como las hojas verdes que se asoman en el tronco de un árbol quemado, Alessandra Celesia hace relucir la belleza de lo amateur y de las relaciones humanas nobles en una ciudad que fue duramente golpeada por la guerra. Conscientes de su pequeñez, las generaciones nuevas y las antiguas se ríen de sí mismas, los jóvenes asumen que el resto del mundo ve solo un talento en los irlandeses: para hacer tragos. La generación más adulta hace chistes de la pobreza vivida, “éramos tan pobres que recibíamos ayuda del tercer mundo” o “después de un tiempo engordábamos comiendo plátano”.

“No soy un genio, pero no soy estúpido”, dice el librero de Belfast, un ex alcohólico y gran lector que se encarga de cuidar los sueños de sus amigos, tal como se encarga de cuidar los libros, que otrora fueron sueños de escritores y escritoras. Se agradece la existencia de este documental que, tal como está el mundo, conmueve tan solo con la simpleza de mostrar un poco de nobleza.

[Aquí pueden encontrar links al documental, desafortundamente sin subtítulos en español. En Youtube con subs en italiano; también en Vimeo ondemand, para quienes tienen cuenta.]

https://www.youtube.com/watch?v=2dgMxfUheJg

https://vimeo.com/ondemand/thebooksellerofbelfast

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