EL ARTE DEL FUTURO / Gonzalo Abrigo

EL ARTE DEL FUTURO / Gonzalo Abrigo

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Nunca leí a Hamsun, siempre estuve a punto. Como rara vez compro libros nuevos, en cierto modo sigo hasta ahora esperando la oportunidad de encontrarme con algún Hamsun usado pero aceptablemente tenido, pues cada vez que me he topado con uno en cajitas de ofertas, al revisarlo casi siempre comprobé su deterioro, su lomo despegado, páginas apolilladas, garabateadas o invadidas sin remedio por la humedad. Los libros usados de Knut Hamsun, podría asegurar, a menudo se encuentran en mal estado. Esta situación se acentuaba años atrás por efecto de títulos que parecían remitir a penosas situaciones humanas que sonaban a un desalentador realismo: Pan, Hambre, Victoria. Al lado de ellos, además, asomaban a menudo ejemplares de un Gorki o un Ostrovski. Recuerdo que con el poeta Barnao, siendo aun veinteañeros, incontables veces bromeamos sobre aquellos títulos. Emitíamos ruidos guturales para nombrarlos cada vez que los divisábamos en fríos paseos de invierno sin propósito por galerías de libros de ocasión. Mediante aquellas peculiares demostraciones pretendíamos, creo, onomatopeyizar lo que adivinábamos como narraciones que rugían desde la carencia más radical. Los nombrábamos no con la garganta sino que con las vísceras. Era un chiste habitual.

Pero en parte también era un juego proyectivo, jugado desde la ignorancia y la propia precariedad. La novela Pan, por ejemplo, no tenía nada que ver con la escasez sino con Pan, el fauno griego, dios de los pastores, las cabras y también de quién sabe qué clase de rituales de fertilidad. Y Hambre (1894), si bien no escondía ningún sentido subterráneo, distante estaba de lo que podíamos suponer, por dar un ejemplo brutal, como la genocida hambruna soviética de los años ‘30. Hambre era una novela influyente, eso probablemente lo sabíamos, que había marcado a tipos como Kafka o Mann, y que ni siquiera había sido escrita en el siglo XX. Hamsun era un escritor noruego que pocos años después de terminada la guerra del 14, había publicado todas sus obras maestras. En 1922 los suecos lo habían laureado con su premio.

Traigo a colación todo esto pues la última película del director ecuatoriano Javier Izquierdo, estrenada en estos tiempos de pandemia en una plataforma online, tiene como asunto a Hamsun o más bien una de las adaptaciones, probablemente la mejor hasta ahora –no son pocas–, que se haya hecho sobre alguna obra del novelista. Documental con el que Izquierdo resolvió la invitación cursada para participar de la Primera Bienal de Oslo, Crímenes del futuro (2020) se concentra en la versión que en 1966 hizo el danés Henning Carlsen de Hambre (Sult), una película magnética que Izquierdo utiliza para interrogar a un grupo de personas, al parecer todos compatriotas del escritor, que han establecido algún vínculo con la película o con la historia o con la lectura de Hamsun mismo. Un artista, un programador, una escritora y por ahí también un psicólogo, entre varios otros, son interpelados por el propio Izquierdo para desmenuzar desde diferentes vértices, algunos pasajes de la adaptación.

Crímenes del futuro trabaja estrechamente con recortes de escenas, la mayoría de las veces largas secuencias, mientras oímos de fondo las declaraciones de cada cabeza parlante. Se vuelve, a cada tanto, con los entrevistados así como con Izquierdo, quienes comparten encuadres sentados en bancas de parques o en sitios siempre apacibles donde pareciera reinar una calma edénica. Podríamos decir que la estética de la película de Carlsen, en blanco y negro, menos que a un realismo socialista (como algunos han descrito) obedece al espíritu renovador de la nueva ola escandinava (si acaso existió alguna vez algo como eso), y, dentro de Crímenes…, configura el contraste ideal entre una ciudad que hoy es paradigma de desarrollo y arcas fiscales opulentas, y una urbe que hace cien años, o en la época en que Hamsun escribió su obra maestra, cuando Oslo no se llamaba Oslo sino Kristiania, al parecer no podía vanagloriarse de tal.

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En Hambre vemos a un escritor enjuto y de dentadura en franca descomposición intentando sobrevivir y conseguir que sus artículos para un periódico sean publicados. Mientras eso no ocurre, el dinero escasea, el vagabundeo por la ciudad se hace rutinario, aunque cada encuentro con el otro se vuelve una ocasión expandida para las demostraciones morales, paranoicas o mitómanas de un escritor que invierte casi toda su energía en guardar las apariencias. Ni los propios capitalinos se esfuerzan tanto en ello. Y este sujeto que al parecer ha hecho el tránsito campo-ciudad en busca de su sueño, de este modo se modela a sí mismo al filo de una torpeza paródica y un chaplinesco exceso de modales.

No está completamente alienado: tiene conocidos, alguno que otro contacto, y aun miserable, es harto capaz de conquistas sentimentales. De hecho, el encuentro con una mujer burguesa a quien de modo quijotesco bautiza, sin aun conocerle, con un sonoro fonema, significa en la película la suspensión momentánea de una personalidad errática y desesperada y la repentina entrada en escena de la elocuencia, el tacto y la observación analítica. Como si el hambre, física o aspiracional, se saciara, los encuentros con esta mujer consiguen aquietar, al menos por el tiempo que ellos duran, las aguas diurnas del desvarío y el régimen cotidiano de la desnutrición.

Tal vez la película Hambre sea la mejor adaptación de Kafka al cine. Esto en la medida en que desde Hamsun se podría pesquisar una genealogía que incluye al mejor escritor del siglo pasado y que se propaga a Beckett, Thomas Bernhard e incluso al Perec de Un hombre que duerme. Paul Auster, unos de los devotos contemporáneos de Hamsun, ha notado en parte esta herencia que la película de Carlsen a su vez también consigue articular. En su temprano ensayo El arte del hambre, el novelista neoyorquino sostiene que Hambre, la novela, es una obra que no tiene argumento ni acciones al estilo del realismo propio del siglo XIX (algo que sin embargo habría fascinado a Flaubert) y que tampoco pretende configurar un discurso de redención social sobre la hambruna o la miseria, pues el protagonista no sería un oprimido (como los héroes de Dostoievsky), sino un monstruo intelectual arrogante. Auster también cae rendido ante la adaptación de Carlsen, y en un video de material adicional a la versión dvd (circula por ahí en Google/videos), elogia, en diálogo con una de las nietas de Hamsun, una película que emparenta en su maestría con el Diario de un cura rural de Bresson.

Si el falso documental Un secreto en la caja (2016) inventaba audazmente el sabroso capítulo que faltaba de esa fascinante teleserie que fue la literatura latinoamericana del siglo pasado, y en la ficción Panamá (2019), una conversación entre viejos compañeros de curso sostenida en los turbios hoteles del cuello mismo de América, definía cuán sometida puede estar la amistad a los pliegues del poder y la ideología, en Crímenes del futuro Javier Izquierdo se fuga a las antípodas, y pone a hablar con sutileza al primer mundo sobre una obra que representa con naturalismo las penurias del artista cachorro en una época que al mundo desarrollado tal vez hoy le pueda parecer distante, pero que probablemente (o con toda seguridad) al aspirante latinoamericano sin viento a favor o miembro de cualquier minoría que resiste en la macabra trama global, todavía se le aparece como un retrato si no total, al menos parcial de la suerte que corre la especie creativa, no solo en sus comienzos sino que en gran parte de su trayecto.

Título de uno de los artículos que el protagonista de Hambre esboza para publicar, Crímenes del futuro pueden ser las mismas atrocidades que décadas más tarde el propio Hamsun, en su capítulo más oscuro (hay un biopic de los ’90 con Max von Sydow que lo retrata bien), iba tácitamente a apoyar mediante un necio y desafortunado elogio del Tercer Reich y su führer. O tal vez, menos apocalípticos, los crímenes sean la serie de thrillers y novelas negras que hoy por hoy Noruega y la península escandinava en general, como una fantasía que florece por ausencia de horrores cotidianos, produce y exporta como best-sellers y que sin demasiada demora se traducen en sagas televisivas sin fin.

O tal vez nada de eso. El futuro comete peculiares fechorías cuando tienta al presente con horizontes lejanos y también cuando traiciona al mínimo pasado dichoso que lo pudo haber engendrado. Los crímenes del futuro son los aciertos egóticos del presente, aquello que el presente cree como definitivo y que solamente el porvenir se encarga de ubicar en su justo lugar. Por esa razón tal vez sea preciso, como el personaje de Hambre decide al final, estar siempre abierto a la posibilidad de tomar un barco a cualquier parte y dibujarse una sonrisa ante lo que vendrá. Incluso si lo que se abandona es la propia fuente de felicidad. Incluso si ese barco es el barco de la peste.

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