LA VOZ ROBADA – CRÍTICA A “NADIE SABE QUE ESTOY AQUÍ” DE GASPAR ANTILLO / Gonzalo Abrigo

LA VOZ ROBADA – CRÍTICA A “NADIE SABE QUE ESTOY AQUÍ” DE GASPAR ANTILLO /  Gonzalo Abrigo

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Corrían los años ’90 y clubs alrededor del mundo sucumbían ante las mezclas que producían la oleada de bandas house y dance. Los italianos Black Box, por ejemplo, arrasaban con su hit ‘Everybody Everybody’, mientras que C+C Music Factory arremetía con su ‘Gonna Make You Sweat’ y ese inolvidable alarido de timbre gospel que mandataba a sacudirse en la pista de baile. Estilizadas modelos negras, en ambos videoclips, desplegaban en teoría un extraordinario registro vocal. Nadie conocía, sin embargo, el nombre de Martha Wash. El verdadero talento se mantenía, de forma arbitraria, visualmente inédito debido a una contextura considerada poco videogénica, es decir, aquellas modelos estaban pintadas, contratadas solo para ajustarse al provechoso invento del lip-sync. Para sus vampiros Wash era dueña no de una voz excepcional sino de un pecado mortal: no era delgada.

Bastante de ese capítulo fraudulento de la historia del pop hay en la ópera prima del joven director chileno Gaspar Antillo, Nadie sabe que estoy aquí (2020), uno de los escasos estrenos nacionales (o mundiales) que ha salido a flote durante esta larga y oscura y para muchos desesperante noche del contagio. Memo, joven notablemente obeso, reservado y de un castellano con acento gringo (Jorge García), vive recluido junto a su tío (Luis Gnecco) en alguna localidad lacustre del sur de Chile, donde ambos trabajan la lana de oveja. Dueño de una voz privilegiada, Memo pudo haber hecho carrera como hoy lo hacen tantos chicos y chicas Disney, solo que varios años atrás un productor en Miami, haciendo trato con el padre, mutiló su carrera poniendo en su lugar un infante menos robusto, de físico al servicio del marketing.

Esta es la historia de una voz robada. Voz que, por supuesto, continúa ahí, confinada y a resguardo de un tío que cumple el rol de custodio benévolo y que distrae la mente fraguada en el pop de su crecido sobrino con piezas de Haendel o Mozart. Pero este régimen sutilmente pastoral comienza a resquebrajarse cuando un infortunio deja al pariente fuera de juego por el lapso necesario para que Memo se desate. Una vez solo y más tarde acompañado de una nueva amiga, el joven se internará libremente en sí mismo para participar de su propio y queerizado cuento de hadas sobre escenarios que conforman bosques nativos o habitaciones de casas lujosas, acaso fantasía material de lo que alguien, en vez de él y lejos de allí, ha triunfalmente obtenido. Antillo rompe pronto con el realismo tradicional en su película, incrustando constantemente zonas oníricas o de ensoñación despierta, muchas veces por medio del manejo de la iluminación, consiguiendo de ese modo persuadir. La música original ubicua y envolvente, compuesta por Carlos Cabezas, hace copiosamente el resto.

Tal majestuosa amplitud poseen los paisajes escogidos como escenario, que el considerable volumen del protagonista rara vez satura la imagen. No es esta, paradójicamente, una película de cuerpos, sino que la obesidad del protagonista –en una actuación esbelta y sin inflaciones por parte de García– opera más que nada a nivel intelectual, como contenido clave adecuadamente fotografiado, pues lo que funciona como latencia o misterio, y móvil afectivo por cierto, es precisamente algo mucho menos grueso: la voz. De otro modo dicho: no se queda uno con la sensación de haber asistido a una continua exposición, digamos, de cuadros de Botero. Además, el contraste que genera la menuda figura de la amiga, interpretada por Millaray Lobos –otra vez magnética delante de una cámara–, consigue equilibrar desde temprano lo que acontece en pantalla. En ciertos tramos, no obstante, la cámara de Antillo se engolosina algo de más con el entorno –no lo culpo– y en vez de oxígeno, lo que proporciona el reino natural a la historia es una repetición que distrae u obliga al espectador a la paciencia.

Nadie sabe que estoy aquí es, como decíamos, el destino de una voz robada (pero también la narración en sordina de un ajuste de cuentas con resultado trágico), clásico relato de frustración y emotiva redención final de un personaje que ha sido tristemente traicionado por la sociedad del espectáculo. En un país donde la obesidad infantil alcanza tasas alarmantes, esta película se instala en el reverso de la trama, donde el rasgo físico se hace eventualmente incompatible no con los planes de vida saludable que propone el ministerio, sino que con los marcos tradicionales donde han estado autorizados a caber, en general, los talentos del show business, donde el éxito es propiedad de los esqueléticos. El patito feo, en este caso, no pudo seguir los luminosos y resilientes caminos de María Martha Serra Lima o Adele, aunque Adele misma hoy por hoy, como suele ocurrir, sea ya un cuerpo nutricionalmente disciplinado.

Un guión dentro del corset indie devenido mainstream, ordenado y de artificios controlados, una cámara decidida desde la partida a tomar riesgos, sumado a un montaje a ratos pretencioso pero sin embargo dinámico y atractivo, hacen de este debut de Gaspar Antillo –opción en Netflix– una más que satisfactoria experiencia para el espectador acuarentenado. Mérito adicional: corriente de aire fresco local en plena amanecida de la era del encierro. No es poco.

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