UN RECURSO OBSOLETO

UN RECURSO OBSOLETO/ Claudia Carreño Gajardo

Es fácil encontrarse con documentales del siglo pasado que recurren a la operación de salir a la calle a encuestar azarosamente a la gente sobre determinados asuntos. Hay algunos conocidos documentales chilenos que han apelado a este recurso. Podría decirse que Como me da la gana (1985) (con su segunda parte del 2016) de Ignacio Agüero lo utiliza, aunque no sea precisamente a la calle adonde se sale a consultar, pues allí más bien se trata de irrumpir en rodajes. Este recurso, además, se asoma en otras de sus realizaciones, por ejemplo, en Nunca subí el Provincia (2019), su más reciente película, donde el director sale en algunos momentos a interactuar con la gente que transita por su barrio. En donde sí se ve claramente el uso del recurso es en Idénticamente iguales (El Charles Bronson chileno, 1984), especialmente cuando Carlos Flores, su director, se mueve preguntando qué opina la gente del Charles Bronson chileno (con el imitador ahí mismo, a la vista). La gente, que parece muy contenta ante la novedad de la interrupción hecha por la cámara en la vía pública, responde animadamente con variopintos y chistosos comentarios sobre el fenómeno de la semejanza entre dos personas.

Idénticamente iguales, momento de la encuesta

Un buen ejemplo de lo que me refiero con “salir a la calle a preguntar” podría ser Comizi d’amore (1964). Allí su director visita diversos lugares de Italia para indagar sobre temas vinculados al amor. Este documental abre con Pasolini, micrófono en mano, abordando a un grupo de infantes, averiguando si acaso saben cómo llegan los niños al mundo. Luego Pasolini pasa a consultar a sus consejeros, Alberto Moravia y Cesare Musatti, sobre si tiene sentido hacer esta especie de encuesta sobre sexualidad y amor. Moravia, el gran escritor cuyas novelas fueron llevadas al cine por dinosaurios como Visconti, Godard y Bertolucci, le responde que es la primera vez que un film de cinema veritá en Italia, y no solo en Italia, habla de la cuestión sexual; que el tema es un tabú, por lo cual le responde que sí, que es bueno hacer lo que se propone.

Pasolini al inicio de Comizi d´amore

Musatti, que además de filósofo era uno de los psicoanalistas más populares y prestigiosos de Italia, discípulo del mismísimo Freud, descrito a finales de su carrera por el diario El País como un padre cascarrabias y tierno al mismo tiempo, interesado por todo lo nuevo y profundamente optimista, afirma que la gente o no va a responder, o va a responder de modo falso, ante lo cual Pasolini pregunta: ¿por ignorancia o por miedo? Musatti le responde que en el psicoanálisis la ignorancia y el miedo son cosas conectadas, que existe la ignorancia por miedo, que existe la posibilidad que nosotros nos escondamos a nosotros mismos ciertas cosas para defendernos, entonces estas cosas las ignoramos. Y así, luego de la venia de sus consejeros, Pasolini decreta: la película será una cruzada contra la ignorancia y el miedo.

Otro documental que realiza esta operación y que vale la pena rescatar acá, en particular por su relación temática con el anterior, es O amor natural (1996) de Heddy Honigmann. El escenario ahora es Brasil y la película abre con su directora preguntando en la feria si la gente conoce al poeta Carlos Drummond de Andrade. El lugar escogido para realizar la operación devela cierta intención de contraste o confrontación de saberes, y no sorprende que nadie en la feria conozca a dicho escritor. No obstante lo previsible del choque, surgen dos respuestas bastante reveladoras. La de un señor que, muy a la defensiva y en un tono casi de enojo, afirma que a él le interesa solo su vida y no la de otra persona; y la de otro señor que, respondiendo afirmativamente, dice conocer a Carlos Drummond de Andrade, pero que, cuando Honigmann indaga por más detalles, se retracta excusándose, diciendo que en realidad no sabe, que se confundió con otra persona.  Es decir, una respuesta niega al otro, mientras que la segunda es tan complaciente con el otro que niega el yo; ambas, caras de la misma moneda. Más adelante, en sitios diversos, sí aparecen personas que lo conocen y que además admiran su trabajo. A ellos Heddy les habla del libro póstumo de poemas eróticos del autor brasilero y les pide que lean un poema. Así, a través del documental, vamos conociendo esta obra literaria.

Frame de O amor Natural

Otro ejemplo es el documental de Luis Ospina Unos pocos buenos amigos (1986). Acá la operación solo se realiza al inicio, como una suerte de demostración de que, pese a su inmenso legado, el autor a averiguar sigue siendo un desconocido: unas voces van preguntando a los transeúntes de las calles de Cali si conocen a Andrés Caicedo. Nadie dice que sí. Caicedo murió muy joven nos informa el documental y nos hace preguntarnos qué más habría hecho de haber vivido más años, considerando que en tan pocos hizo tanto. Cinéfilo empedernido que mantenía una libreta en que anotaba todos los títulos y directores de las películas que veía, Caicedo también dirigió algunas películas y este documental las repasa, subrayando así su nombre. 

Frame de Unos pocos buenos amigos

Pero lo inquietante es el uso y desuso de esta operación de salir a la calle a encuestar. Si bien esta operación ha tenido el valor de hacer un registro de la sociedad en determinados lugares y épocas, parece hoy en día estar obsoleta. Quizás se deba a su carácter periodístico, vale decir, poco artístico: este recurso nos recuerda, por ejemplo, los enlaces en vivo que se realizan en los matinales. Su uso y desuso habla del desplazamiento desde una intención sociológica de corte transformadora a un formalismo cada vez más hermético. Pero, pese a lo poco refinado del método para los ojos actuales, no se puede negar que el diálogo directo con la sociedad desde un punto de vista coloquial, sin puesta en escena, implica un gesto integrador. El problema quizás radique en que, a diferencia de antes, poca gente quiere ser filmada, a la gente ya no le causa gracia las cámaras, y ya no existen esas aglomeraciones ávidas de dar su opinión como las que se aprecian en el documental de Pasolini. 

En el caso de las intervenciones realizadas en O amore natural y en Unos pocos buenos amigos, ¿qué búsqueda hay detrás de esta especie de confrontación de saberes? Démosle una vuelta más a este punto, una vuelta que invierta la operación, como podría ser la de irrumpir en una calle llena de intelectuales a preguntar sobre algún asunto doméstico o práctico, pero ¿existen calles llenas de intelectuales? Supongamos que existen esas calles, el punto es que en la pregunta de carácter doméstico no habría una cita a un nombre, a un autor. Esto es lo que diferencia la forma de acercamiento a las personas que transitan la vía pública del documental Comizi d´amore con los otros dos. Preguntar a la gente por temas universales pareciera siempre traer respuestas interesantes, pero preguntar por nombres tal vez se inclina más a una aproximación elitista que otra cosa, que deja a el o la director/a del documental como alguien que se diferencia de la masa y hace demostración de ello.

En los años sesenta, el énfasis en el anonimato como en las ideas de que no hay arte, de que todo es oficio, de que todo arte es burgués (según Fluxus), que nada es nuevo, que todo es una ilusión, que no hay comienzo ni final, que no hay arriba ni abajo, etc., se volvió una tendencia con el uso de drogas psicodélicas y la exploración del arte oriental.  Sobre ello Jonas Mekas reflexionó en 1966 en una de sus tantas reseñas: “una vez que se pierda el nombre del artista, una vez que las obras de arte empiecen a volar como artesanías no adheridas a un nombre, estaremos obligados, gradualmente, a adquirir un saber más verdadero sobre cuál es la artesanía buena (o el arte bueno). Tendremos que decidir por nosotros mismos, no existiría ya la mística de un nombre. En otras palabras, no habrá más esnobismo. Es esperable, por lo tanto, un incremento en el nivel general del gusto y en la capacidad de apreciar la belleza.”

Claramente la tendencia al anonimato no perduró; se podría decir que apenas logró sobrevivir a la década del sesenta, por lo que la previsualización de Mekas no tuvo lugar. Es más, se podría decir que ha ocurrido todo lo contrario; ¿te gustó el nuevo Bertolucci? nos cantó burlonamente Luca Prodán hace ya un buen tiempo.  Dado el alto nivel de esnobismo circulante, potenciado quizás en parte por las redes sociales, no sería de extrañar que si un autor actual respetado, admirado y citado pese a su difícil nombre, como Apichatpong Weerasethakul, en alguna de sus películas usara algún dispositivo trasnochado, quizás muchos cineastas se animarían a utilizarlo también.

Que por supuesto no será el caso de Ignacio Agüero, director en búsqueda constante, que ha seguido usando -como se le da la gana- un recurso pasado de moda hasta agotarlo, llevándolo incluso a las fauces del mismo cine, dándole al cine de su propia medicina.

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