FLORES CONVICTAS – CRÍTICA A “EL PRÍNCIPE” DE SEBASTIÁN MUÑOZ

FLORES CONVICTAS – CRÍTICA A “EL PRÍNCIPE” DE SEBASTIÁN MUÑOZ / Gonzalo Abrigo

Cuenta Edmund White en su biografía de Jean Genet, que con el tiempo el escritor francés acabó detestando su única incursión en el cine, Un chant d’amour (1950), película muda que buscaba un retrato poético del erotismo entre dos presidiarios. Genet habría comentado a un amigo que el resultado le parecía demasiado bucólico y no lo suficientemente violento, sin embargo White hipotetiza que esta obra exploraba nuevamente un lugar ambiguo, a medio camino entre el arte y la pornografía, zona en la que Genet nunca realmente se habría sentido a gusto. A esto se le sumaba la intensa censura que persiguió a la cinta y que con razón fastidió a su director. De ella ni siquiera Jonas Mekas se salvó, cuando en los años sesenta se le ocurrió exhibirla en su cooperativa de cineastas independientes, hecho por el cual terminó preso, acusado de mancillar a Estados Unidos.

Por fortuna la cosa ha cambiado y ya nada obstaculiza que podamos ver una relación afectiva entre dos hombres al interior de una cárcel, como es la historia que desarrolla El príncipe (2019), la primera película de Sebastián Muñoz. El joven Jaime (Juan Carlos Maldonado) es recluido tras haber cometido un crimen pasional. Al recalar en una celda del tipo carreta, compartida por otros cuatro reos, le da la bienvenida El Potro (Alfredo Castro), un cincuentón que apenas lo escanea ofrece, con sus modos de respetado sugar daddy lumpen, toda su protección. El joven, a quien bautizan como Príncipe, no opone resistencia alguna ante tamaña generosidad, de modo que pronto, demasiado pronto, la relación de poder enseña su pliegue carnal, mientras que en raccontos se revelará la cadena de acontecimientos que llevaron al recién llegado tras las rejas.

Escasas son las películas concentradas en romances homosexuales aflorados en un entorno carcelario pero las hay. Mucho antes que Genet, el alemán William Dieterle se atrevió con un osado film, Die Sexualnot der Gefangenen (1927), donde un tipo le era infiel a su esposa con su compañero de celda. Esta conflictiva dualidad se pone de manifiesto en escenas y diálogos de El príncipe, subrayando que la vida sexual de un recluso puede rebasar el orden exterior del que proviene. Que el encierro rebaraja las reglas del juego en las que se mueve un cuerpo es una lección que ya enseñaba El beso de la mujer araña, la novela de Puig o la adaptación de Babenco: afecto, ideología y satisfacción de los impulsos dibujan otra coreografía al interior de la cana; algo que la savia de Jaime, en su precario principado, pajarito nuevo del encierro, recién allí parte a comprender.

Pero en general el tema se ha tocado de manera tangencial, como en el debut de Todd Haynes, cuando precisamente a partir de tres novelas de Genet, se atrevió con esas líneas superpuestas que componen Poison (1991), donde por supuesto no podía faltar una historia de atracción entre convictos. O como en aquellas secuencias donde el protagonista de Expreso de medianoche (1978), la conocida pieza del difunto Alan Parker, experimenta el cosquilleo homoerótico junto a su compañero escandinavo al interior de una mazmorra turca. Interesantemente, las duchas de las prisiones donde se suelen retratar estos encuentros siempre parecen saunas o baños turcos, y este es también el caso de El príncipe, que las aprovecha para representar cierta lujuria penitenciaria, cuando el panóptico permite el libre avance de cuerpadas delincuentes bajo regaderas propiciantes del manoseo tránsfuga y la erección.

No son para nada despreciables las intenciones del debut de Muñoz en su voluntad de retratar un submundo erótico y violento a comienzo de los años setenta, en plena época de la Unidad Popular. Como trama carcelaria, su arquitectura es en parte predecible: ahí están los módulos, las visitas, el paseo por el patio, las antipatías, las vendettas. Y si bien a un guión obligado por el realismo se le puede perdonar la presencia de ciertos lugares comunes, que no resuelva con pulcritud ciertos nudos cardinales, puede resultar rechinante.

El modo, por ejemplo, en que se presentan los hechos del pasado de la vida de Jaime –la iniciación adolescente y la amistad acabada en tragedia– a veces parecen forzados. En una escena bastante decidora al respecto, El Potro llega a solicitarle a su protegido que siga contando lo que había dejado de contar. De otro modo, sin esta orden del personaje, parece no ser posible el salto en el tiempo. En otro bache evidente, la voz en off del jovencito surge aleatoria un par de veces, construyendo un punto de vista subjetivo sin sustancia y a todas luces prescindible.

Ciertamente estamos aquí en el bajo fondo, el territorio pulp que viene decretado por la novela homónima e inhallable en la que se basa, escrita por Mario Cruz (claramente influenciado por la literatura de Genet), autor chileno rayano en lo apócrifo que eventualmente, si acaso se trata de algo más que una trama trasgresora, podría pasar a engrosar ese conocido grupo de escritores (Gómez Morel, Méndez Carrasco, etc.) que en el siglo pasado glosaron el ambiente del hampa criolla. No obstante, la propensión a las escenas de sexo acaba, al menos en la película, por construir cierta monocromía absorbente del mundo conflictivo más íntimo de los personajes.

Si El príncipe resulta irregular se debe a su mezquina sutileza para abordar una historia de realismo que probablemente, se podría alegar, no tendría por qué economizar en crudeza. Sin embargo los mejores momentos de esta ópera prima arriban justamente cuando se abandona el efectismo de la persuasión sobresexualizada o violenta (en personajes que se expresan, dicho sea de paso, casi sospechosamente sin coa) y se incorporan escenas donde la rutina entre dos hombres (y entre los hombres) dentro del orden carcelario, es exhibida mediante momentos de encuentro y contacto que escapan a la penetración y la crueldad: un baile, una conversación, un chiste.

Rescatable, en este sentido, es el instante en que la fotografía compone el cuadro de alrededor de una docena de cuerpos de presidiarios que disfrutan de un poquito de música. Este fresco festivo, que bien podría haberlo pintado Manuel Antonio Caro en el siglo XIX, habría sido para el espectador la imagen memorable de un relato que se hubiese planteado algo menos estridente y aproximado con otro ritmo al espesor de personajes y situaciones. Jean Genet, santo patrono de la homosexualidad y los delincuentes, escribió alguna vez que la fragilidad y delicadeza de las flores comparten naturaleza con la brutal insensibilidad de los convictos. Guiada por una imagen como esa, tal vez esta película pudo haber obtenido otra clase de equilibrio.

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