ALGO / CRÍTICA A “TENGO MIEDO TORERO”, DE RODRIGO SEPÚLVEDA.

ALGO / Gonzalo Abrigo

Algo habría que decir de Tengo miedo torero (2020), película estrenada en la sección Venice Days de la última versión de la mostra de Venecia. Algo que pudiera rescatarse de un producto que a duras penas consigue hacer justicia a ese cuadro barroco de adjetivación traviesa con que Pedro Lemebel narra el episodio subversivo más relevante de la década chilena de los ochenta. La cinta dirigida por Rodrigo Sepúlveda parece confirmar esa reflexión ligera que suele afirmar que las adaptaciones siempre fracasan cuando sus directores osan meterse con las buenas novelas. Solo que tras soltar la frase, rara vez detallamos cómo acaba por consumarse el chasco.

Una travesti decadente apodada la Loca del Frente (Alfredo Castro), conoce a Carlos (Leonardo Ortizgris), joven miembro del FPMR que por ese tiempo planea el atentado a Pinochet. Carlos encuentra en la casa de este cuerpo solitario dedicado al oficio de costurera, la guarida ideal para camuflar una cantidad considerable de cajas con libros. Por supuesto lo que se esconde bajo los volúmenes es un arsenal destinado a la causa. Ambos avanzan hacia un asunto sentimental siempre condicionado por el secreto y las lealtades programáticas. El corazón de La Loca del Frente, enamorado modifica su palpitar, al punto que renuncia a su clientela facha que le suele encargar manteles perfectamente bordados: se hace inevitablemente cómplice; colabora. El fallido atentado se consuma. La obligada clandestinidad del militante y el regreso a los cuarteles ideológicos, interrumpen la utopía soñada junto al macho latino revolucionario para siempre. A la Loca no le queda otra que seguir sintiéndose mágica. Y bueno, aun en dictadura, libre.

Así la historia grosso modo de la película de Sepúlveda. Sin embargo lo primero que se extraña aquí es la ausencia completa de un pilar que es clave y que actúa como contrapunto memorable en este bolero narrado por Lemebel: la esposa del dictador. Sin esa voz la novela hubiese perdido muchísimo; sin esa intromisión en la vida privada del general –la más notable que hizo hasta ahora la literatura chilena–, la novela no hubiese conseguido ese golpe bajo asestado al tocador mismo de doña Lucía. De modo que si la propuesta de Sepúlveda se torna pronto escuálida para el espectador, es porque todo el peso, casi sin más sitio donde apoyarlo, es puesto sobre los hombros del personaje que interpreta Castro.

Cabe preguntarse, tomando en cuenta lo anterior, si no es esta una nueva película que busca, a través de la caricatura del trans, salvar el pellejo comercial. Y cabe además preguntarse, en qué se transforma hoy en la pantalla un cuerpo indisciplinado, el mismo que hace no muchos años incomodaba a toda ideología. ¿O es precisamente porque aun hace ruido que se vuelve comercialmente atractivo? ¿O sigue siendo relevante la visibilización de cualquier modo, a cualquier precio, bajo cualquier arrimo estético? ¿Incluso abriendo con las chicas bailando al ritmo del Fever de Peggy Lee y antes de los diez minutos haciendo la performance grotesca del hit de Paloma San Basilio?

Da la sensación de que Castro no tuvo más remedio que echarse el guion al hombro e intentar sacar esta película adelante. Su actuación es irregular, para nada excepcional, muy distante de lo que consiguió en la venezolana Desde allá (2015), como si en cada escena buscara siempre dar con el tono, con el rictus preciso, algo que pudiera orientar de apuro y remolcar el sentido de esas extensiones como de choco panda teñido que parecen haberle pegoteado en la nuca. Y pese a todo, a ratos lo consigue y el empeño en medio del vacío deja un remanente de nobleza profesional y nos hace curiosear. Al menos por un rato. Porque tus contactos la peli la encontraron como de gusto Evópoli, o no les gustó, o decepcionó, y que mejor volvamos a disfrutar la novela sin más, sin querer vender otra pescada. En fin, algo había que decir. Muy felices fiestas.

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