EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS/ CRÍTICA A “EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS” DE ALEJANDRO CHOMSKI

EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS/ Claudia Carreño Gajardo

En este año pandémico se ha estrenado en Argentina, en el marco del Festival de Mar del Plata, El país de las últimas cosas, la adaptación al cine de la novela homónima de Paul Auster, publicada por primera vez en 1987. Lo que más se ha destacado en la prensa sobre el estreno de esta pieza cinematográfica es su historia previa, que de alguna manera demuestra una férrea perseverancia por parte de su director Alejandro Chomski, quien se acercó a Paul Auster hace aproximadamente veinte años para proponerle la adaptación. Pero no me detendré en los entretelones de este largo proceso, adaptación de la que participó el propio Auster, sino que comenzaré por mis propios recuerdos de la novela, lo previo al visionado del film.

Leí El país de las últimas cosas hace por lo menos catorce años, en el mismo periodo en que leí otras novelas distópicas como Ensayo sobre la ceguera (1995) de José Saramago, llevada al cine por el director Fernando Meirelles el año 2008; y La carretera (2006), de Cormac McCarthy cuya adaptación cinematográfica fue dirigida por John Hillcoat el 2009. Me llama la atención que no haya llegado a mí en esos tiempos El cuento de la criada (1985) de Margaret Atwood, otra gran pieza distópica que fue llevada al cine sin éxito bajo la dirección de Volker Schlöndorff en 1990  y con mejor suerte al formato de serie por Bruce Miller el 2017, pero me lo explico por la injusticia que durante miles de años ha acallado a mi género: en esos tiempos leí muy pocas escritoras, cuestión que ha cambiado para mí en el presente, tal vez debido a que las editoriales traducen y publican más a mujeres que antes.

El asunto es que reposan en mis recuerdos estas novelas como una gran amalgama indiferenciada la una de la otra, por lo que ver El país de las últimas cosas pasó a ser también una invitación a realizar un ejercicio de memoria. ¿Qué elementos son propios de esta novela y no de las otras?  Diferencié los siguientes: los suicidas, la prohibición de enterrar los muertos y la experiencia sexual con una persona del mismo sexo por parte de la protagonista.

Los suicidios me trajeron al presente, pues hace poco leí una noticia que hablaba que en Japón, uno de los pocos países que actualiza concienzudamente sus tasas al respecto, han aumentado significativamente este año. Sobre la imposibilidad de enterrar los muertos, el despojo de un rito, vale decir, de la propia humanidad a las personas, también me trajo, aunque no directamente, al presente, en vista de la imposibilidad de despedir a los seres queridos víctimas del Covid y de realizar funerales como antes. Lo que no me resonó actual y me pareció poco distópico, fue lo de hacer combustible de los cuerpos muertos, que más que apocalíptico pareciera innovador en un sentido de sostenibilidad.  No se entiende bien lo trágico de este asunto cuando la solución está a la vista en la misma trama (cuando a uno de los miembros de la residencia de caridad lo entierran ilegalmente y luego lo exhuman en el momento en que la autoridad descubre la falta), bastaba con enterrar y desenterrar: el rito y luego el compost. Y, por último, la trama gay, nada que decir, que no sea repetir y enumerar las tantas tramas carcelarias en donde esto ocurre, el trillado matrimonio entre adversidad y hétero curiosidad, que para 1997 quizás no era un lugar tan común como ahora.

En cuanto a la pieza cinematográfica propiamente tal, ya hablando de la puesta en escena de lo que alguna vez todos quienes han leído la novela imaginamos, lo más destacable es la fotografía en blanco y negro que captura un escenario de edificios ruinosos; sin duda lo mejor logrado del film. Existen detalles de interpretación y guion, como los personajes que hablan con distintos acentos y lenguas, que deja a entender que el país de las ultimas cosas es una zona apátrida, en donde no sé por qué la gente va a parar, si es que no es para ir a buscar a algún ser querido allí perdido. La interpretación de la protagonista Anna Blume (Jazmín Diz), que lleva toda la acción y a la vez narra mediante una voz off sujeta a la escritura de una carta, resulta a veces un tanto superflua, lo cual se refuerza en un preciosismo tal vez innecesario, haciendo que resulten tan cuestionables tanto las interpretaciones como el casting y, en definitiva, la adaptación misma, pues la película El país de las últimas cosas, – y quizás tal como sucede con sus personajes, que hablan un idioma distinto al materno-, te deja la sensación final de que, en el traslado de un lenguaje a otro, el drama perdió su alma.

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