CHAPLINESCA

CHAPLINESCA / Claudia Carreño Gajardo.

“Si solo me hubierais dado una taza de té aquella tarde, ahora estaría bien”. Esas fueron las palabras de Hannah Chaplin para sus hijos, el en ese entonces niño Charles y su adolescente medio hermano Sidney John Hill cuando la visitaron en el psiquiátrico donde fue internada por segunda vez por un brote psicótico asociado al estado de desnutrición en que se encontraba. Estas palabras, afirma Chaplin en su autobiografía, lo obsesionaron por un tiempo. Para ese entonces no tenía la más leve sospecha de que en dieciocho años iba a escribir, dirigir, producir, protagonizar, montar y musicalizar The Kid (1921), un film, como dice su epígrafe, con una sonrisa y, tal vez, con una lágrima, y cuyo primer intertítulo reza: “La mujer – cuyo pecado es la maternidad” (The woman –  whose sin was motherhood), para presentar al personaje de la madre soltera (Edna Purviance) que abandona a su hijo recién nacido en un auto de lujo.

A cien años de esta película, verla hoy resulta tan conmovedora como resultó en los tiempos de su estreno. La ternura de la paternidad del personaje Charlot, el vagabundo que encuentra y se hace cargo de la criatura, hace de este film un antídoto quizás para la proliferación de los en Chile llamados “papitos corazón” (padres que desaparecen y no pagan pensiones alimenticias). Su grandeza se desprende de la nobleza de su argumento y de su clara conciencia de clase. Todos los gags de la película endulzan la miseria, tal como lo hizo Hannah con sus hijos, a quienes crió, amó y traspasó su talento como actriz. Se podría afirmar que los personajes protagónicos de The Kid están impregnados de la vida de Chaplin: él fue ese niño, pero también esa madre que años más tarde se vuelve estrella de cine, mientras que el personaje del vagabundo, por el afecto que entrega al huérfano, se asemeja a la figura protectora de la propia madre del comediante.

Es conocido el hecho de que Charlie Chaplin vivió en la extrema pobreza en su infancia. Sus padres, actores de vodevil, se separaron cuando era muy pequeño, por lo que Hannah se las arregló sola algunos años hasta que fue perdiendo su trabajo por quedarse sin voz en plenas funciones. El padre, que se hizo cargo de los hijos durante el tiempo en que Hannah fue internada por primera vez debido a un brote psicótico, también se fue arruinando, pero en su caso por alcoholismo, enfermedad que pronto lo llevó a la muerte.  Los niños, que ya habían pasado por orfanatos, internados e incluso la calle (cuando la pareja de su padre se enojaba, no los dejaba entrar a la casa), volvieron al cuidado de su madre cuando esta fue dada de alta. Hannah alquilaba una habitación pequeña para los tres, y si bien apenas sobrevivían, ella los criaba cantándoles, leyéndoles obras de teatro, disfrazándose, contando historias, haciéndolos reír, y los educaba procurando que cuidaran su dicción. Pero el estrés constante al que se vio sometida por la mantención de sus hijos, a quienes a duras penas sustentaba haciendo trabajos de costura muy mal pagados, le pasó la cuenta y volvió a enloquecer, esta vez por un tiempo más prolongado y justo cuando Sidney, que ya era casi un adulto, se había embarcado como tripulante de un barco mercante. El pequeño Charles se quedó solo y sin dinero, pero afortunadamente logró arreglárselas.

Mucho tiempo después, cuando ya tenía 30 años, Chaplin había hecho 55 películas y estaba recién casado con la actriz Mildred Harris, matrimonio que no funcionó. Como sugiere en su autobiografía, esta unión fue un despropósito, un absurdo que lo agobiaba y bloqueaba creativamente. En ese estado de desesperación, solía ir al teatro a distraerse un poco y fue en una de estas ocasiones cuando vio a un bailarín excéntrico que al final de su interpretación invitó al escenario a su hijo, un niño de cuatro años, para que saludara y ejecutara unos divertidos pasos de baile. El público lo adoró. Días después de este show, a Chaplin se le ocurrió el argumento de The Kid.  Contactó al niño, el actor Jackie Coogan, tal como 25 años antes pudieron haberlo contactado a él, cuando salió por primera vez a escena en un teatro de music hall con cinco años para suplir a su madre que se había quedado sin voz. Si bien esa vez también el Chaplin niño fue adorado por la audiencia, difícilmente podía haber allí productores presentes, por lo que no corrió la misma suerte que Coogan. El camino de Chaplin no fue tan fácil.

Fotograma de The Kid

Cuando The Kid entró en montaje, el director se estaba separando de Mildred. The Kid fue su sexta película para la First National, la más larga que había hecho (6 rollos) y la que más tiempo había tardado hasta ese momento, por lo que comenzaron la desavenencias con la compañía que quería estrenarla como tres comedias de dos rollos y pagarle solo cuatrocientos cinco mil dólares, cuando la película había costado casi medio millón. El desacuerdo derivó en amenazas de pleito a Chaplin, pero como sabían que legalmente tenían pocas probabilidades de ganar, decidieron actuar por medio de Mildred (con negociaciones con sus abogados a cargo del divorcio) para apoderarse de The Kid. Como Chaplin estaba atento, su instinto lo llevó a terminar la película en otra ciudad. Se dirigió a Salt Lake City con un equipo compuesto de dos ayudantes y quinientos rollos. En uno de los dormitorios del hotel donde alojaban colocaron las películas, ocupando todos los muebles, repisas, cómodas y cajones. En secreto -pues era contrario a la ley llevar material inflamable a las habitaciones-, sin las instalaciones adecuadas, con más de dos mil escenas que clasificar, usando un pequeño proyector de montaje que daba una fotografía no mayor que una tarjeta postal sobre una toalla, el montaje de esta película fue un milagro.

Durante la estadía en esa isla de montaje hotelera, Chaplin tampoco se atrevía a salir, perseguido con la idea de que gente de la First National estuviera merodeando en las cercanías. Pero una noche no aguantó y decidió salir a visitar a su amigo, el escritor Frank Harris. Salió disfrazado de mujer y al regresar decidió alojarse en otro hotel. Pero a esas horas no pudo encontrar ninguno y por horas dio vueltas en un taxi hasta que el taxista, sin saber que era Charles Chaplin, le ofreció alojarlo en su casa. Al día siguiente todo el vecindario del Bronx se había enterado que el director había dormido ahí. Cuando el taxista lo fue a dejar de vuelta al hotel le preguntó si podía conceder una entrevista solicitada por un periódico a propósito de la anécdota. Chaplin lo autorizó.

Cuando llegó a un acuerdo con la First National y el matrimonio con Mildred por fin se disolvió legalmente, el director pudo dar un respiro. Tras la publicación del artículo de su noche en el Bronx, todos sus amigos newyorkinos lo llamaron para invitarlo a pasar una temporada en la ciudad.  Uno de ellos fue Waldo Frank, a quien Chaplin admiraba por su libro de ensayos Nuestra América (1919), y por ser la primera persona que escribió “en serio” sobre sus películas. A través de Waldo conoció al poeta Hart Crane. Los tres solían pasar veladas de conversaciones apasionadas hasta el amanecer en el piso del escritor. Crane y Chaplin eran diametralmente opuestos en términos de sus orígenes sociales. Crane, a diferencia de Chaplin, procedía de una cuna de oro y en el momento en que se conocían, a diferencia de Chaplin, era muy pobre. Su padre, un millonario fabricante de caramelos, quería que su hijo se ocupara de su negocio, así que para que desistiera de su carrera como poeta –y seguramente, como se estilaba en aquel entonces, por no aceptar su homosexualidad- no le daba dinero a su hijo. Habiendo vivido una infancia de lujos, el autor del famoso poema El puente también fue ese niño de The Kid, aunque su pobreza fue algo más triste.

Hart Crane

A diferencia de Chaplin, Crane no llegó a poder vivir del trabajo que amaba, la poesía.  Se consideraba un fracasado y cuando por fin se le dieron las cosas (cuando obtuvo la beca Guggenheim) ya era demasiado tarde. Después de muchos años de pobreza y olvido, había caído en el alcohol y otros excesos. Cuando regresaba a Estados Unidos procedente de México en un barco de pasajeros, tras haber recibido una paliza por haber intentado seducir a un marinero, se arrojó al mar. Unos años antes de su muerte le envió a Chaplin su libro de poemas breves White Buildings, con la siguiente dedicatoria: A Charles Chaplin, en recuerdo de El Chico. Hart Crane, 20 de enero de 1928. En ese libro hay un poema titulado Chaplinesca.

CHAPLINESCA

Humildemente nos adaptamos
y contentamos con los consuelos azarosos
que deposita el viento
en los bolsillos desvencijados, demasiado amplios.

Porque aún podemos amar el mundo
cuando encontramos un gatito hambriento en nuestro umbral.
Y le buscamos cobijo contra la furia callejera,
cobijo en un cálido brazo doblado.

Nos apartaremos a un lado,
y en la mueca postrera
evitaremos la condena de ese pulgar inevitable
que dirige hacia nosotros su arrugada piel,
y haremos frente a la torva mirada,
¡con qué inocencia y con cuánta sorpresa!

Y, sin embargo, estas delicadas caídas
no son más falaces que las piruetas de un flexible bastón.
Realmente, no son nuestras exequias una consumación;
podemos eludirlas, huir de todo, menos del corazón.

¿Y qué vamos a hacerle si el corazón sigue viviendo?
El juego exige afectadas sonrisas.
Pero hemos visto la luna en calles solitarias
convirtiendo en cáliz un cubo de basura vacío.

Y entre todos los ruidos de alegría y de búsqueda,
hemos oído un gatito maullar en la soledad.

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