GUERRA AUN MÁS FRÍA – CRÍTICA A “EL AGENTE TOPO” DE MAITE ALBERDI

GUERRA AUN MÁS FRÍA / Gonzalo Abrigo

Primero una confesión: me cuesta mucho ver documentales, consecuentemente rehúyo su análisis. No la paso bien viéndolos, a pesar del genio de Errol Morris o de los esquimales simpáticos de Flaherty. Incluso las ironías de Herzog terminaron una vez por cabrearme. Por eso el mockumentary alguna vez significó para mí una esperanza reconciliatoria como espectador: la ficción devoraba al género. Pero tal vez todo, incluido el híbrido, termina por agotar. O tal vez no: prefiero mil veces mil ver una comedia tonta tipo Pitch Perfect o un dramón del Indio Fernández que sentarme a enterarme de lo que llaman la realidad. El documental me sienta; rara vez me desacomoda. No me interesa el relato de la realidad. Me basta con el que, mañana tras mañana, intento no sin desesperanza articular mirando por la ventana. Bien. Esta reseña va muy mal encaminada pero intentaré su salvataje.

A estas alturas no daré la lata con el resumen del argumento como debiera hacer un comentarista de mediana seriedad. Mi desdén por el género creo que hoy me regala esa licencia. Y me aprovecharé esta vez de ello. Además estoy seguro que la inmensa mayoría de quienes lean esto habrán visto ya El agente topo y se habrán formado su propia impresión. En realidad escribo esto contra la opinión de alguien más que por supuesto no conozco.  Es mi única motivación real. Esa opinión no es solo de una abstracción sino que de varias, de un buen puñado.

Esta es la segunda película que veo de Maite Alberdi y no estoy al tanto de sus otros trabajos. Pido sinceras disculpas por ello. Pero El salvavidas (2011) me resultó bastante más atractiva que esta última, al menos eso me señala el recuerdo. Tal vez una locación outdoor versus otra de encierro. Tal vez pero no: en la primera el dispositivo de narración funciona y se despliega; en El agente topo me temo que se trunca. Por lo siguiente: una premisa ingeniosa, lúdica, aplicada a un territorio que indefectiblemente iba a devolver un mundo afectivamente doloroso. La pregunta que hay que hacerse es ¿se puede entrar ingeniosamente en un territorio como este? Personalmente creo que se puede, siempre se puede. Pero correr el riesgo está asegurado, y esta película lo corre y así le va.

El caballero viudo, Sergio, se infiltra, al alero de todos los convenios y consentimientos previos, pero una vez dentro su despliegue rara vez escapa a lo que los metodólogos cualitativos llaman observación participante. Y lo que la imagen ofrece no representa nada que no hayamos visto personalmente quienes hemos entrado alguna vez a un asilo, o televisivamente, en algún reportaje de sensacionalismo psicosocial sobre la abandonada situación de la tercera edad. Todo lo que la película revela el espectador lo sabe, y si no lo sabe, lo revela a su vez en convexo como un ejemplar de narcisismo moderado, cuya imaginación no ha tenido tiempo de dimensionar el destino, el suyo sin ir más lejos, o el de alguno de sus familiares llamados queridos. 

En este documental ocurre un hecho lamentable: muere una persona, una mujer que recita versos fluidamente, una poeta. ¿Es ese un momento dramático de esta película? No: es un momento dramático sin más. Pero más dramática aún es la posición en que queda Sergio, uno se imagina, intentando ser fiel a su forzoso disfraz mientras acontece la tragedia. Es en aquel instante en que visiblemente el personaje automáticamente queda fuera de juego, y asimismo la película, casi como una broma de mal gusto en el pasillo por donde paramédicos retiran un cuerpo en sus postrimerías mientras los aparatos audiovisuales, por supuesto, registran.

Complicado esto. Frágil. No quisiera decir que hay patios en los que no se puede jugar (pues no es así), pero si uno no sabe jugar allí, creo que es mejor crear otras reglas, pasar a otra cosa, inventar otro juego. No sé. Lamentablemente toda la película descansa en presupuestos que, si no funcionaban, era muy difícil retractarlos. Si no hay espía no hay película sino la realidad desnuda, casi informativa de lo que ya sabíamos: hijos que no visitan a sus padres, mentes idas, la postración, la desatención, las celebraciones infantilizantes. ¿O acaso no lo sabíamos?

El caballero viudo hizo lo que pudo en la misión encomendada y su esfuerzo en ese sentido es formidable. Tal vez todo el ruido mediático de esta película se deba a su encanto. De modo que no lo podemos culpar de que ignorase que, en el rol asignado, su guerra iba a ser aun más fría: el espionaje no acaba por consumarse pues esta realidad que husmea no tarda en imponer sus propias premisas, y el kit de agente –archiconocido por cierto en noticieros que van a la caza de arreglines irregulares- se vuelve rápidamente prescindible en la medida en que el guion ha actuado sobre seguro: aquí, hagamos lo que hagamos (incluso no haciendo nada), obtendremos lo que vinimos a buscar. Y eso que se vino a buscar no es una averiguación específica (los posibles maltratos a una interna), sino que antes una realidad altamente resultadista.

La ficción en cambio, la gran ficción, puede espiar infinitamente en la inseguridad completa de los resultados.

El agente topo (2020)

Dirección : Maite Alberdi.

Disponible en Netflix.

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