Lo bonito en Paterson

LO BONITO EN PATERSON

Claudia Carreño

 

Del tardío estreno en Chile del último largometraje de ficción de Jim Jarmusch, llama la atención una cosa: la opinión compartida por el más variado tipo de comentaristas, desde críticos a espectadores comunes, de que estamos ante una película “bonita”.

paterson cascada 

A través de un ritmo calmo y envolvente, en Paterson experimentamos la tranquila rutina de una pareja treintañera que, si bien no tiene hijos, incluye la presencia de una actoralmente activa mascota. Se trata de dos personajes de clase trabajadora, que bien podrían haber sido sacados de alguna pieza de Aki Kaurismäki si no fuera porque ninguna desgracia evidente provocada por injusticias sociales les arremete. Personajes sensibles, soñadores y puros al punto de que ninguna diferencia doméstica, peleas o roces, se deja ver; el retrato es el de convivientes que respetan el espacio del otro, entendiéndose espacio como todo menos su significado literal, pues un detalle ciertamente decidor es el pequeñísimo cuchitril donde escribe y lee el personaje principal, el inédito poeta Paterson, interpretado por Adam Driver. A partir de esta idea se podría especular que lo “bonito” de la película son sus personajes, su construcción e interpretación, la lección de convivencia que nos devuelven, la paz que transmiten, el amor que irradian por lo que hacen y el afecto mutuo. Pero tal vez esta hipótesis sea todavía demasiado naif.

Podemos, por otra parte, descartar que eso “bonito” se deba a la imagen, a lo netamente visual, pues no es que Jarmusch acuda en este caso a la belleza fotográfica, aquella a que nos tiene acostumbrados, o a una magistral dirección de arte. No, pues nos encontramos acá, en cambio, con rarezas y detalles que bien hasta podrían tildarse de “feos”, como por ejemplo la compulsión del personaje femenino Laura, interpretado por la polifacética actriz iraní Golshifteh Farahani, por decorar todo de blanco y negro (elemento que incluso podría entenderse como auto burla del propio director norteamericano y su consabida predilección por el uso del b/n).  No es que haya un excepcional trabajo de la imagen, mas sí personajes “bonitos” en el sentido que convine más arriba.

Lo que es más, estos personajes se relacionan con su entorno de una forma muy particular, que bien podría juzgarse como “poética”. Me refiero, por ejemplo, a la costumbre de Paterson, a quien acompañamos en su rutina por una semana, de prestar atención a las coincidencias que se le presentan, lo cual consigue una gracia (o una magia) que nos hace simpatizar. En la escena en que la pareja asiste al cine a ver el clásico B de Erle C. Kenton Islands of Lost Souls (1932), Paterson repara que en la sala, tal como en la isla de la película, sólo hay una mujer, su mujer, y lo que es aún más perturbador, se parecen.

Lo que tal vez no quede del todo claro, empero, es por qué la costumbre de Paterson de buscar/encontrar coincidencias por doquier en su día a día se tendría que entender como una relación definida como particularmente poética. Comprendo que es una ecuación casi automática: el personaje escribe poemas y está siempre atento a las analogías y convergencias que ofrece la realidad, mientras quienes no escribimos poesía entendemos que “así es como mira su entorno un poeta”. Creo que esto, como idea dentro de la película, tal vez peque nuevamente de cierto estereotipo. El detalle en la caracterización del poeta Paterson como un personaje que no usa teléfono celular, claramente insiste en esa misma línea.

paterson

Una vez fuera el elemento más convencional, eso “bonito” que la película suscita quizá sea simplemente la poesía, los poemas que el personaje va escribiendo al tiempo que oímos su voz en off, y sobre todo en cómo los textos van penetrando en la narración de forma completamente armónica, pues se trata de una poesía sin grandilocuencia ni pretensiones, poesía de la contemplación que encuentra destellos de luz y belleza dentro de la monotonía, en la rutina del personaje. Lo que es bastante. Gran trabajo el de Jarmusch al juntar a este personaje de vida suburbana con el objetivismo de la obra de un poeta como William Carlos Williams. Parecen no caber dudas de que el proceso creativo de escritura de guión tuvo su inicio en la poesía misma, en el extenso poema Paterson (1946-1958), el cual inspira claramente al conductor del autobús, las cosas que escucha acerca de los personajes históricos de la ciudad, su costumbre de contemplar la cascada del pueblo (y escribir frente a ella) en su horario de colación, etc.

No es primera vez que Jarmusch vincula poetas a sus películas (Down by Law, 1986; Dead Man, 1995). Oímos muchos poemas en esta película, y una de sus escenas más álgidas corresponde a la que, invertidos los roles, hace aparecer a una niña que recita a Paterson sus propios versos desde su diario. Al igual como alguna vez me ocurrió cuando vi The Night of the Iguana (1964) de John Huston, en donde potentes versos son recitados casi al final por el personaje de Nonno (Cyril Delevanti), ahora me pregunto quién escribió ese poema. En el caso del clásico de Huston, otro Williams, Tennessee, guionista y autor del drama homónimo. En el caso del poema de la niña, “Agua cae”, no es Jarmusch su autor, pues el poema fue escrito especialmente (así como los demás que oímos en la película) por un poeta norteamericano prácticamente desconocido en Latinoamérica, miembro de la segunda generación de la Escuela de Nueva York, Ron Padgett:

“Agua Cae”.

El agua cae desde el aire brillante.
Y cae como el cabello, que atraviesa los hombros de una joven.
Agua cae, haciendo charcos en los huecos del asfalto.
Espejos sucios con nubes y edificios adentro.
Cae en el techo de mi casa, cae en mi madre y en mi pelo.
La mayoría de la gente lo llama “lluvia”.

 

PATERSON (2016)

Director: Jim Jarmusch